Un escote excesivo

MARTY FELDMAN-2

  • Post escrito por Miguel Lorente y publicado originalmente en el blog del autor.

Un profesor considera que el escote de una alumna es excesivo (Comentario sexista de un profesor de la USC), un novio piensa que la minifalda de su chica es excesiva, un marido afirma que el tiempo que su mujer pasa fuera de casa es excesivo… pero no sólo se trata de lo que piensan, sino de lo que imponen a esas mujeres bajo la amenaza de que de no hacer lo que ellos dicen habrá consecuencias.

Esa es una de las claves del machismo: la indefinición sometida a interpretación, y la interpretación depositada en cada uno de los hombres que se enfrentan a las distintas situaciones. De ese modo se garantiza que el resultado siempre sea correcto para los intérpretes, y para la sociedad que ha depositado en ellos esa capacidad de interpretar y dar sentido a la realidad.

El escote no es alto o bajo, como la falda no es corta o larga, ni el tiempo fuera de casa es mucho o poco, simplemente son “excesivos”. Y lo son para quienes lo afirman, por lo cual no hay contra-argumentación posible; ni la alumna puede decir que su escote está dentro del rango aceptado por la moda, ni la novia puede tirar de cinta métrica para callar al novio, como tampoco la mujer puede recurrir a los usos horarios para justificar su tiempo. Cada uno de los hombres tiene razón porque la referencia son ellos y la cultura que ampara este tipo de conclusiones.

Si todos esos hombres no se sintieran respaldados por la “normalidad” de una cultura que lleva a cuestionar las conductas de las mujeres que ellos escenifican, no darían ese paso para manifestarlo públicamente y para exigir una modificación en su nombre. Porque esa es la otra parte de la trampa de la cultura machista, hacer de la conducta individual de esos hombres algo común, no dejarlo en una cuestión personal, para que ante el conflicto se recurra a la referencia social como juez. Con esa táctica la estrategia no puede fallar, porque la sociedad siempre dará la razón a quien actúa a la sombra de lo que la cultura establece.

Puede pensarse que todo esto es una ruta demasiado revirada y confusa, pero es el camino directo que utiliza el machismo a diario para imponer sus ideas, valores, principios, creencias… como normalidad y, por tanto, aplicables a hombres y a mujeres según el reparto de papeles asignado.

Si no fuera de ese modo no se podrían producir 700.000 casos de violencia de género cada año sin que el 80% de ellos sea denunciado, entre otras cosas, como afirma el 44% de estas mujeres, porque la violencia sufrida “no es lo suficientemente grave”, o sea, “no es excesiva” (Macroencuesta, 2015). Y tampoco las mujeres serían las víctimas de la brecha salarial, ni liderarían las tasas de desempleo, ni menos aún estarían sobrerrepresentadas en los grupos de pobreza y analfabetismo. Ninguna de estas injusticias se considera “excesiva”, más bien lo contrario, y lo que algunos entienden como un exceso inaceptable, es el cambio que se está produciendo para alcanzar una Igualdad que borre los defectos de las democracias levantadas sobre la desigualdad.

Ni una sola de estas situaciones son un accidente o un error, no lo son los excesos del machismo ni tampoco la idea de “Igualdad como exceso”. Todo forma parte de este tiempo de transición que hace pensar a algunos que la noria de la historia les devolverá la desigualdad inicial, del mismo modo que los tiranos aún esperan la dictadura y los racistas el apartheid y la segregación racial.

Lo vemos en las respuesta ante cada uno de los episodios, desde el sempiterno argumento de la provocación de las mujeres, sea con un escote, una falda o una decisión, hasta la reducción al absurdo para aplicar la teoría de la “pendiente resbaladiza”, y hablar de que de seguir así llegará un momento en que las mujeres irán desnudas a clase, a trabajar o a pasear. Un planteamiento que no es nada inocente, pues una vez que se concluye que la polémica ocurrida tras la corrección del profesor, del novio, del marido, o de quien corresponda en cada situación, es absurda, el siguiente paso de la estrategia es presentar a esos hombres como víctimas. Víctimas de un escote, de una falda, de una decisión o de una indecisión… da igual, al final todo es un complot de las mujeres contra los hombres.

Y puede parecer extraño, pero tiene sentido. Presentarse como víctimas consigue un doble efecto, por un lado desvía la atención del problema original, y por otro, presenta lo ocurrido como un ataque que justifica la respuesta agresiva o violenta sin que se vea excesiva, más bien lo contrario, bajo estas circunstancias se entenderá normal y proporcionada.

Todo encaja en el mecano de la cultura machista, unas veces en los huecos reservados para cada pieza, otras a la fuerza o a golpes, pero al final no hay piezas sueltas.

Mientras que la cultura sitúe a los hombres y lo masculino como jueces y parte, todo lo excesivo, lo insuficiente, lo largo, lo corto, lo grande, lo pequeño, lo rápido, lo lento, lo correcto, lo incorrecto, lo bueno, lo malo, lo aceptable, lo inaceptable… dependerá de lo que algunos decidan a partir de las referencias de esa cultura patriarcal. Es lo que hemos visto, en otro orden de cosas, en la respuesta ante un espectáculo de títeres en una plaza de Madrid, y con la protesta de Rita Maestre en la capilla de la Complutense.

Cuando la indefinición se somete a la interpretación siempre gana el poderoso. Y en una cultura machista quien tiene el poder son los hombres, un poder que expresan a través de sus ideas, valores, creencias… sin que nadie nunca lo haya considerado excesivo.

San Valentín hace trampas

  • Post escrito por Carolina Martín Martín. Unidad de Igualdad UGR.

¿Qué precio estamos dispuestas a pagar por el amor? ¿A qué renunciaríamos y a cambio de qué? ¿Es desleal la publicidad sobre las relaciones amorosas?

En esta sociedad capitalista en la que nuestra existencia gira en torno a los mercados, esos lugares donde todo es susceptible de ser comprado y vendido por unas monedas, y que ocupan la posición central desde donde se organizan el resto de esferas de la vida, no es de extrañar que se nos venda un amor socialmente construido sobre la base de unos mitos heredados de un modelo nacido en el s. XVIII con el romanticismo.

La realidad muestra que lo único que provocan estos mitos cuyas cadenas aún arrastramos es frustración y desengaño, pues nada tienen que ver con nuestro día a día. De ese modo se configura todo un sistema de control que no hace más que perpetuar el orden social establecido, y por tanto las relaciones de poder entre sexos a través de la reproducción de roles y estereotipos basados en unas creencias, que por mitificadas, son falsas.

Y es que, siguiendo los designios del capitalismo patriarcal y auspiciado por el romanticismo de película Disney, Cupido nos envía flechas de machismo encubiertas para que sigamos esperando a nuestra media naranja, esa persona que tenemos predestinada, que vendrá a completarnos y con la que “viviremos felices y comeremos perdices”, pues es la única posible. Nos frustramos si esa persona no llega y nos comparamos angustiados con las naranjas que viven felices en su burbuja de amor, donde son “tal para cual, la pareja ideal”. De esta manera, no relacionamos los celos con el control y la posesión, sino que creemos que son una muestra de amor que no identificamos con la dependencia emocional y la pertenencia.

Pero como “el amor es omnipotente y todo lo puede”, nos seguimos embarcando en relaciones tóxicas donde es aceptable excusar determinados comportamientos, aguantar y esperar a que el otro cambie, puesto que el ancla está enganchada en los pasionales meses del comienzo de la relación, y confiamos en que perdure y se convierta en amor eterno. Y si surge alguna duda, la deriva nos lleva hasta el acantilado de una cultura y una sociedad que nos hacen creer que las emociones y sentimientos son irracionales e incontrolables, y nada podemos hacer para cambiarlos.

De esta manera, seguimos comprando y por tanto consumiendo, como parte de esas necesidades inventadas por los medios de comunicación de masas, un modelo de amor elevado a los altares en los cuentos de príncipes azules y princesas rosas, cuentos que luego continúan su recorrido en forma de historias a través del cine, de relatos mudos de papel y canciones a todo volumen.

Así lo hemos visto hace unos días con “La Suerte de Quererte”, un corto de El Corte Inglés que llamaba amor a las relaciones de pareja basadas en el control, la posesión y los celos, cuando en realidad era una demostración de violencia machista.

Nuestra identidad se configura en parte a través de la incorporación de estas creencias mitificadas en forma de mensajes amorosos, que pasan a formar parte del imaginario colectivo. Son ideas que llegan hasta el inconsciente y quedan arraigadas e interiorizadas, y en consecuencia normalizadas. Al percibirlas como “lo normal” las confundimos con “lo natural”, y de esta manera las aceptamos sin más, sin ni siquiera cuestionarlas. De hacerlo generaría duda y por tanto crítica, lo cual llevaría a la toma de conciencia y posiblemente al camino hacia el cambio.

Son demasiadas las trampas que se han colocado en el camino hacia el amor. Por eso no es de extrañar que una de cada tres personas jóvenes (15-29 años), no identifique los comportamientos de control y sean más tolerantes que la población adulta con este tipo de conductas (Estudio Percepción y Violencia de Género en la Adolescencia y la Juventud, 2015).

Como dice Coral Herrera “este modelo de amor idealizado y cargado de estereotipos  aprisionan a la gente en divisiones y clasificaciones perpetuando así el sistema jerárquico, desigual y basado en la dependencia de sus miembros”.

La peligrosa distancia entre la idealización del amor romántico y la realidad de nuestra cotidianeidad provoca conflictos de difícil solución, pues un amor así no es amor, es dependencia, es necesidad, es miedo a la soledad, es daño innecesario, es engaño, es una trampa. Es todo eso, pero no es amor.

¿Y cuál es el precio de todo esto?

La respuesta es sencilla. Como consecuencia de este modelo de amor se construyen relaciones desiguales y asimétricas, que actúan como caldo de cultivo para que germinen las raíces de la violencia de género. No por casualidad, según los datos de la OMS (2013), el 30% de las mujeres sufrirán violencia de género por parte de sus parejas en algún momento de su vida.

Y todo ello en nombre del amor.

Los 61 hombres que asesinaron el año pasado a sus parejas dijeron estar enamorados de ellas, muchos celebraron San Valentín a la luz de las velas, algunos hicieron promesas de amor eterno… pero todos terminaron quitándoles la vida.

Algo falla en este modelo de amor, ¿no crees?

 

El Rey del Carnaval

  • Post escrito por Jodina Pastó Ardite, alumna de máster de la Universidad de Granada.

Llega el Carnaval y llega el festival. Llega esa fiesta en la que se trastorna el orden establecido, en la que se sacude la realidad para mutarse en alegría, color, diversión y música por doquier. Llega la agitación y la celebración.

En Carnaval se nos invita a transformarnos, mutarnos y cambiar de personalidad, aunque algunos se deben pensar que esta fiesta tiene 365 días ya que son expertos en disfrazar sus actitudes sexistas y camuflar sus conductas machistas. Aunque el machito se vista de seda…machito se queda y no nos vayamos a pensar que por mucho que los hombres se disfracen de mujer nos van a entender más. Es más, ¿acaso disfrazarse es sinónimo de empatizar con el sujeto disfrazado? Pues resulta que no, que además de no interiorizar esta nueva identidad es todo lo contrario. Sus disfraces de mujeres recaen en la imagen sexista, de chicas con poca ropa, llevando tangas y si cabe, pechos postizos, al aire libre, claro. Pero tacones, ah no, tacones no… qué sufrimiento ¿verdad? Nos vamos a reír de ellas pero no vamos a llegar al extremo de poner nuestra noche en riesgo, tan femeninas, no serán esta noche. Pero este hecho de transformación del hombre “hecho” mujer no es más que un juego que les da morbo, total es una exhibición de la ridiculización…

Además, percibiendo el ancho abanico de posibilidades de transformación de esta peculiar legión veremos que el machismo puede esconderse bajo una máscara de caballerosidad o puede camuflarse bajo el maquillaje de los piropos  pero al fin y al cabo si están bien graduadas nuestras gafas feministas veremos que el disfraz sexista no es más que la caricatura de una estructura machista.

Y aunque esto no vaya de rimas lo que queremos decir es que en esta fiesta no te deprimas. Hay disfraces que aunque lo pretendan no harán gracia pero con humor hay un límite que se llama tolerancia.

Quizás el machismo, experto en el arte del camuflaje y del disimulo es el rey del carnaval, por eso te decimos amiga, que este Carnaval hay que llevar la lupa feminista, aunque no te transformes en inspector Gadget sabrás ver el disfraz oportunista.

Así como anunció ONU Mujeres Brasil en la campaña del año anterior contra la violencia de género en los carnavales: “Pierde la vergüenza pero no pierdas el respeto”. Y ahí es donde queremos llegar, el respeto perdido, el respeto escondido. En esta fiesta de descontrol y frenesí podremos sacar a la luz la realidad oculta  y ver de qué se disfraza el machismo. El feminismo nos da herramientas para ver, observar, discrepar y denunciar.  

En Carnaval, no todo vale por este motivo deseamos unas fiestas SIN Sexismo, SIN Acoso, SIN Violencia. Queremos una fiesta que se disfrute desde el respeto y la igualdad.

 

Hay que tener sentido del HUMOR pero también sentido del RESPETO

 

Así que, que no te den la murga y si te la dan que sea una de Cádiz.

Machistas sin fronteras

OMS-VG-PLANETA

  • Post publicado originalmente en el blog del autor, Miguel Lorente Acosta.

Las más de 160 concentraciones machistas convocadas a lo largo y ancho de todo el planeta para el 6-2-16, demuestran la firme determinación del machismo de recuperar el espacio perdido gracias al feminismo, a las mujeres y a la transformación social que han generado en el camino hacia la Igualdad.

Todavía hay mucha gente que cree que el machismo no va en serio y que nunca lo ha ido, que machismo es el chiste fuera de tono, el piropo fuera de sitio o el comentario fuera de lugar, como si el machismo estuviera fuera de las personas y sólo algunos hombres lo utilizaran en determinados momentos. Pero la realidad es muy diferente.

El machismo está dentro de cada persona, es el ADN cultural, la deriva a la que cualquier identidad aboca a no ser que se haga algo para evitarlo.

Porque el machismo es la cultura, y la cultura es conocimiento. Matt Ridley la definió como la “capacidad de acumular ideas e inventos durante generaciones, de transmitirlas a los demás, y así unificar los recursos cognitivos del grupo o sociedad”. Y lo que hace el machismo es situar sus ideas y valores como referencia común para toda la sociedad y con carácter universal, es decir, para todos y para todo. De ese modo, crea una identidad para hombres y otra diferente para mujeres, pero ambas bajo la referencia común de sus ideas y valores. Por eso a los hombres les dice que “la violencia contra las mujeres es un recurso útil para restablecer el orden dentro de las relaciones en determinadas circunstancias”, y a las mujeres les dice que “la violencia por parte del hombre puede presentarse en algunas ocasiones”, circunstancia que lleva a que en la sociedad exista una idea de normalidad reflejada en la frase “mi marido me pega lo normal”; no como decisión individual de una mujer ni como respuesta de muchas mujeres, sino como una construcción de la cultura machista.

Y esa construcción, al ser universal, tiene una gran ventaja añadida, puesto que no sólo crea y configura la realidad para que suceda de una determinada manera, sino que, además, tiene el plus de “darle significado”, es decir, de asignarle una serie de valoraciones y elementos que la hacen trascender de lo inmediato para que adquiera sentido en un contexto más amplio, que lleva, incluso, a aceptar en lo general lo que se cuestiona en lo particular. De ese modo, aunque se critique y se diga que la violencia de género es rechazada por una gran mayoría de la sociedad, tal y como muestran los estudios, al mismo tiempo se acepta que cuando las mujeres “provocan” o las circunstancias lo aconsejan se puede recurrir a ella, y que cierto grado de violencia “de baja intensidad” es bueno para mantener el orden y corregir aquello que se considera desviado.

Esta construcción no es casual ni los hombres son machistas por accidente, sino por interés, de ahí sus resistencias a cualquier cambio.

La reacción del machismo no es nueva, comenzó en el momento en que apreciaron que el cambio social hacia la Igualdad no se limitaba a un reparto de los tiempos y los espacios, y de las funciones a desarrollar en cada uno de ellos, sino que llevaba a un cambio en las identidades tradicionales fijadas sobre una idea única e inflexible de lo que era “ser hombre” y “ser mujer”, para pasar a entender que había distintas formas de serlo. Del reparto del tiempo y el espacio se pasó al cambio de identidades, algo que imposibilitaba mantener su orden social y el control como se había hecho hasta entonces.

Se produjo así una percepción de pérdida de la que responsabilizaron a las mujeres y al feminismo, de ahí el incremento del odio hacia ellas; pero también hacia los hombres que como consecuencia de esa transformación se unían a la lucha por la Igualdad.

Surge así el posmachismo como un nueva estrategia machista para mantener sus privilegios, pero junto a él se mantiene el machismo tradicional con sus formas de siempre: directo, violento, explícito… para generar más confusión y permitir sumar a través de las dos iniciativas. Sólo hay que ver cómo se organizan entre ellos y cómo coordinan sus estrategias para entender que son una misma cosa con distintas acciones.

Las manifestaciones machistas o “ultra-machistas”, como las han llamado,   para   el día 6-2-16 son un ejemplo de este activismo machista en busca de sus privilegios perdidos.

Y aunque sus planteamientos y reivindicaciones exigen una respuesta institucional por la incitación al odio y a la violencia contra las mujeres, también revelan elementos muy interesantes sobre el retroceso del machismo. Veamos algunos.

  • El hecho de que el machismo, que es cultura y ha utilizado la normalidad y el espacio público para desarrollar su modelo de sociedad, tenga que manifestarse públicamente indica una clara pérdida de espacio.
  • La reivindicación explícita de la violencia contra las mujeres muestra su debilidad y la pérdida de la capacidad de influencia que antes tenía. Ahora tiene que limitarse a la fuerza y a la amenaza.
  • Convocar manifestaciones en más de 160 ciudades del plantea revela que el retroceso del machismo y el avance de la Igualdad es global.
  • La convocatoria de los encuentros desvela que la mayoría de los machistas y posmachistas viven completamente ajenos a la realidad y aislados entre ellos, confundiendo sus contactos a través de las redes sociales, donde son muy activos, con la vida en sociedad, donde están ausentes.
  • La reivindicación del pasado desvela que en verdad no tienen futuro, y que su único lugar de encuentro es ese “cualquier tiempo pasado” que para ellos claramente fue mejor.
  • La cancelación de las convocatorias es reflejo de esa toma de conciencia de su soledad y aislamiento social.

Es cierto que la sociedad es machista y la cultura aún vive en la desigualdad, pero el machismo va a menos y la Igualdad a más, y cada día lo hace a una velocidad mayor. Por desgracia, y por falta de implicación gubernamental e institucional, aún pagamos el precio de la violencia de género y de otras injusticias, pero la conducta de los machistas más violentos no debe confundirnos a la hora de valorar todo lo logrado. El machismo demuestra su debilidad con el uso de la fuerza, mientras la que Igualdad demuestra su fuerza con la paz y la convivencia. No lo olvidemos.

La Igualdad es imparable, tanto como la deriva hacia la nada del machismo, pero no debemos dejar que sea el tiempo el que decida el momento de alcanzar la meta final de la Igualdad real, sino la decisión y la determinación de una sociedad que exija a los gobiernos la adopción de medidas y políticas para lograr ese objetivo al margen del tiempo, es decir, ya.

Los machistas no tienen fronteras, como podemos ver, pero sí deben tener límites.