Machistas sentados en el muelle de la bahía

Post escrito por Miguel Lorente y publicado originalmente en el blog del autor; Autopsia

muelle-bahiaHa terminado el verano, pero el machismo continúa y ya mira cómo caen las primeras hojas de los arboles sobre las aceras. Tras la desenfrenada actividad estival de los “machistas de playa” (“Los Chupaycalla”, “Los Feminarcis”, “Los Machiringuitos”, “Los Machonautas”, “Los hombres equi-equi”), ahora se toman una especie de tiempo de reflexión mientras hacen las maletas y regresan al asfalto de sus ideas. Y para ello, tratándose de días todavía cercanos al verano, no hay nada como sentarse frente al atardecer y tararear la canción de Otis Redding, “Sitting on the dock of the bay”,dejándose llevar por el vuelo de los pensamientos mientras se imagina una especie de caña entre las manos para pescar cualquier argumento que se acerque a su anzuelo.

Y en esa doble actividad sobre el muelle de la bahía, la reflexión y la pesca, los machistas obtienen diferentes resultados.

La reflexión no da para mucho a tenor de lo que se observa en sus manifestaciones y comentarios, lo cual es propio de quien tiene las ideas atadas a su mundo con las cadenas de los prejuicios, los mitos y los estereotipos. Una situación que los convierte en una especie de “rumiantes funcionales”, que vomitan sus ideas y luego las tragan de nuevo para volver a masticarlas un tiempo después, y así repetir el argumento como si fuera diferente, cuando en verdad es el mismo, sólo que triturado para que sea más fácil de digerir por quien lo escuche.

Este proceso es el que hace que en los últimos 13 años, justo desde la aprobación de la Ley Integral contra la Violencia de Género, nunca antes dijeron nada al no ver sus privilegios cuestionados, lo único que hayan repetido para defender su posición es lo de las “denuncias falsas”, que las “mujeres también maltratan”, y que “los hombres no tienen presunción de inocencia”. Sobre esos tres ejes a veces introducen alguna variación, pero sólo para reforzar alguno de ellos y hacer más digerible su argumento, no para ampliar su planteamiento. Por eso, en el fondo, los machistas son una especie de ecologistas de sus ideas, pues reducen el uso de otras, reutilizan las mimas una y otra vez, y reciclan otras para sacar alguna vriación nueva, como por ejemplo ocurre con el “suicidio de los hombres por divorcios abusivos” a partir de la idea de maldad de las mujeres, o el supuesto SAP para apoyar las denuncias falsas bajo la razón de que van dirigidas a “quedarse con la casa, los niños y la paga”. Si no fuera porque se trata de ideas tóxicas y contaminantes, serían un gran ejemplo de “ecología cognitiva”.

Y en cuanto a la otra actividad, la pesca, aunque siempre echan la caña con sus razones para ver si pica alguien, algo que hacen todos los días utilizando como cebo trozos de realidad manipulada o los fragmentos de la masculinidad que ocasionan los “ataques feminazis”, la pesca que más practican es la “pesca de arrastre con redes sociales”.Un tipo de pesca propio de quien no respeta nada ni a nadie, y que lo único que busca es beneficiarse a cualquier precio.

Ellos acuden a las redes con el objeto de atacar y destruir, de arrasar el entorno para que como decíamos de “Los Chupaycalla”, no crezca la hierba ni voluntad alguna por donde ellos pasan. Por eso se muestran tan violentos y agresivos y nunca falta el ataque personal en sus “redes de arrastre”.

Al final, con estos machistas que acuden a sentarse al muelle de la bahía sucede como con los malos pescadores y cazadores, que todo lo basan en la mentira y en la manipulación. Siempre dicen que lo suyo es más grande de lo que realmente es, cuando lo que interesa es un tamaño importante, o mucho más pequeño cuando lo que cotiza es lo mínimo. Por eso son capaces de convertir el pez de las denuncias falsas, que es del 0’01% en una especie de cachalote del 80%, o afirmar que 60 homicidios de mujeres cada año son una serie de casos aislados.

En su día creyeron que todo el pescado del machismo estaba vendido y que nadie cambiaría su dieta, pero no contaron con que la injusticia, el abuso, la mentira y la violencia, o sea el machismo, estaba contaminado por la desigualdad, y esa situación es insostenible en las democracias modernas.

Por eso, a pesar de su violencia, cuando uno los ve sentados en el muelle de la bahía mientras tararean la canción de Otis Redding, se aprecia una especie de melancolía en el ambiente. No sé si será el verano que se aleja en ese atardecer o la memoria de un mundo que les dice que el tiempo pasado fue mejor, y que ellos pertenecen a él.

 

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El machismo y Serena Williams

Post escrito por Miguel Lorente y publicado en InfoLibre.es

La única posibilidad de que no sea machismo lo que le ha ocurrido a Serena Williams es no creer sus palabras; si creemos lo sucedido con el juez de silla, es machismo.

Al margen de las formas empleadas y de la influencia que haya podido tener el resultado del juego en su comportamiento, la clave y la razón dada por Serena para considerar la actuación del juez de silla como “machista” fue el trato desigual mostrado con ella ante las posibles instrucciones de su entrenador. Lo que Serena le dice al juez es que el criterio mantenido respecto a esa posible comunicación con su equipo no es el mismo que cuando el “coaching” se lleva a cabo sobre un jugador hombre, y mientras ellos lo hacen sin ser sancionados, a veces con todo el público como testigo, como hemos visto en más de una retransmisión, con las mujeres se es más exigente, como si se tratara de una especie de “urbanidad deportiva”, y se las sanciona. Es algo similar a lo que sucedió en el mismo torneo con la tenista Alizé Cornet al cambiarse la camiseta dejando a la vista el top que vestía y ser sancionada, algo que no ocurre cuando un jugador lo hace y muestra su tronco musculado y bicolor al público. Ya se sabe que la mujer del César ha de serlo y parecerlo”, mientras que el César siempre lo es, aunque no lo parezca o se esconda, criterio que parece seguirse también en las pistas de tenis.

La denuncia de Serena Williams ha sido ratificada por la propia Martina Navratilova, reconociendo la existencia de un “doble rasero” a la hora de sancionar durante el juego a hombres y mujeres.

Por lo tanto, si hay trato desigual y discriminatorio sobre las jugadoras, que ha sido lo que Serena Williams ha denunciado en este caso, hay una conducta elaborada sobre referencias extradeportivas que llevan a entender que el nivel de exigencia en cuanto al comportamiento de las jugadoras en las pistas debe ser más alto que con los hombres, lo cual forma parte de la construcción cultural del machismo que mantiene un criterio similar con las mujeres en cualquier ámbito: en el hogar, en las relaciones sociales y en el ejercicio profesional que desarrollan, donde han de hacer más para ser reconocidas igual y a pesar de ello cobran menos.

La solución dada por las propias referencias machistas es volver a cuestionar a las mujeres bajo la idea de que mienten, y que lo hacen para obtener beneficios particulares sobre situaciones generales. Lo hemos visto con Serena: primero no se le da credibilidad a sus palabras, después se dice que instrumentaliza la situación al utilizar una noble causa como el feminismo para beneficio personal. Curiosamente lo dicen desde sectores a los que nunca les ha importado el feminismo y al que incluso presentan como una especie de sinrazón. Pero en este caso, ¡oh casualidad! lo llenan de nobleza para cuestionar a una mujer que reivindica, precisamente, una injusticia del machismo. Salvando las distancias, es la misma estrategia que siguen para cuestionar la violencia de género. Por un lado presentan a cada mujer que denuncia como autora en potencia de una denuncia falsa, hasta el punto de afirmar que el 80% de todas las denuncias son falsas sin mas datos que sus palabras, y en contra de los datos de la FGE que las sitúan alrededor del 0’01%. Y, por otro, que con esas conductas le quitan los recursos a las “verdaderas víctimas”, que sólo ellos saben quienes son, presentándose como los grandes defensores de la lucha contra la violencia que sufren las mujeres.

Si creemos las palabras de Serena Williams, la decisión del juez de silla, Carlos Ramos, nace del machismo.

No debemos caer en una de las trampas habituales del machismo cuando intenta reducir toda su expresión e influencia a “hechos aislados”. Para evitar quedar atrapados en sus emboscadas argumentales, debemos tener en cuenta dos cosas importantes a la hora de analizar la realidad y los acontecimientos que la caracterizan: la primera es que el machismo es cultura, no conducta; y la segunda, que el machismo es una construcción de poder. Esta doble referencia nos indica que la capacidad del machismo a la hora de determinar la realidad no sólo se traduce en acciones y conductas concretas, sino en las consecuencias de aplicar los tres grandes instrumentos del poder: la capacidad de influir, de premiar y de castigar.

El machismo primero establece qué es lo que deben hacer hombres y mujeres y cómo han de comportarse a la hora de llevarlo a cabo, luego premia en forma de reconocimiento, admiración, consideración… a quien sigue las pautas, y castiga de múltiples formas a quien se sale de ellas. Es lo que le ha ocurrido a Serena Williams según ha denunciado: cuestiona una decisión que considera injusta porque muchos hombres hacen lo mismo sin reproche alguno, y la sancionan; después se enfada por la decisión, algo que tampoco se ve bien en una mujer y sí en los hombres, y la vuelven a sancionar en la pista. Al final, en lugar de analizar el significado de lo ocurrido, se la vuelve a cuestionar socialmente por todo lo ocurrido: decisiones, actitud y comportamiento.

El argumento para justificar todo ello es simple: Serena miente, manipula y se enfada como consecuencia de su impotencia, no de una injusticia…

Como se puede ver, machismo total.

De negar “la violencia del machismo” a negar “el machismo de la violencia”

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Post escrito por Miguel Lorente y publicado originalmente en el blog del autor; Autopsia

El machismo no para de colocar trampas en el camino para evitar que la sociedad avance hacia la Igualdad, y cuando no puede colocar uno de esos cepos o artimañas, cambia la señales e indicaciones para confundirla y que se dirija a otro lugar dentro de su territorio.

Una de las formas demás habituales que utilizan para invisibilizar al machismo es reducir toda la construcción cultural del patriarcado a las manifestaciones de la violencia conocida, especialmente a los homicidios, para luego limitar cada uno de los casos a sus circunstancias particulares y personales. De ese modo, dejan todo en manos de “unos pocos hombres que actúan bajo la influencia del alcohol o las drogas, o bien que padecen algún tipo de trastorno mental”.

Bajo esas referencias, la violencia que sufren las mujeres “nada tiene que ver con el machismo” y todo son “unos pocos casos aislados”, curiosamente el mismo argumento que utilizó el entonces Vicepresidente del Gobierno, Álvarez Cascos, tras el asesinato de Ana Orantes por José Parejo en 1997, hace ya 21 años. Nada nuevo, como ven.

La estrategia ha cambiado en esa actitud adaptativa del machismo, pero el objetivo es el mismo: cuestionar la realidad de la violencia de género para que no se llegue a su raíz y causa, que es el machismo. Antes negaban la violencia del machismoporque no había estadísticas oficiales ni se conocían todos los casos (no se consideraba como tal los homicidios cometidos sobre mujeres cuando el agresor no convivía con ellas), y todo se entendía como parte del crimen pasional o de la España negra. Y ahora que se conoce con exactitud su dimensión y que los datos hablan a gritos desde su silencio numérico, intentan negar el machismo de la violencia.

Por eso tratan a toda costa que el machismo de nuestra sociedad, el mismo que lleva a la discriminación de las mujeres, a que estén sobrerrepresentadas en el desempleo, en la pobreza, en el analfabetismo, en la precariedad del trabajo… y sobrerrepresentadas en la brecha salarial, en el acoso, el abuso sexual, las agresiones sexuales, en la violencia dentro de las relaciones de pareja y en los homicidios que se producen en dicho contexto, quede fuera de toda esa causalidad. Da igual que todo eso se lleve a cabo por “hombres normales” reconocidos como tales por sus entornos y en sus lugares de trabajo, cada uno con sus rasgos y características de personalidad, con sus hábitos y sus costumbres, con sus experiencias y aficiones, pero no “enfermos ni alcohólicos”. Son hombres de todas las edades, de diferentes niveles socio-económicos y de cualquier lugar, que actúan con violencia bajo las referencias comunes de la cultura machista.

El argumento es tan falaz que, de repente, el machismo “ha eliminado” todos los crímenes de odio. Según su planteamiento, el racismo no existe, y cuando un hombre blanco agrede a otro de un grupo étnico diferente se debe a factores particulares y, según su razonamiento, se justificaría diciendo que los hombres blancos también agreden a otros hombres blancos. Y han acabado con la xenofobia, porque cuando un hombre español agrede a un extranjero lo hace por las circunstancias que han rodeado a los hechos, y lo explicarían por el hecho  de que los hombres españoles también agreden a otros españoles… Es el típico argumento falaz y simple que puede utilizar quien se encuentra en una posición de poder que, por un lado, lo hace creíble, y por otro, coincide con lo que la mayoría de la gente necesita oír para no cuestionarse nada en lo personal ni respecto a la sociedad en la que vive. De ese modo contribuye a la confusión sobre la violencia machista, que es el objetivo de la estrategia posmachista para que el machismo se vea impune y salga indemne de todas las situaciones que él mismo crea.

Han pasado, como apuntaba, de “negar la violencia del machismo” a “negar el machismo de la violencia”, pero ya no cuela. La sociedad ha crecido en Igualdad y en conocimiento gracias al feminismo, y ahora es lo suficientemente consciente y comprometida para que sus pasos se dirijan de manera decidida hacia la erradicación del machismo. Los argumentos que utilizan y los ataquen que hacen a diario en las redes sociales nadie los acepta, salvo ellos mismos, lo cual actúa como una especie de terapia de grupo, con el único inconveniente del odio que alimentan entre quienes piensan y actúan bajo esas referencias, que aún son demasiados.

Las nuevas aportaciones a la estrategia argumental que utilizan para negar el machismo de la violencia, se basan en tres elementos principales: el cuantitativo, la exclusividad y la incompatibilidad. Los vemos de forma resumida.

  1. Según el argumento cuantitativo, como “sólo son unos pocos hombres” (60 de media al año), en comparación con los 20 millones de hombres de nuestra sociedad, no hay problema social. El argumento es tan pobre como decir que como sólo se producen unos 300 homicidios al año, tampoco existe ningún problema con la criminalidad ni hay hombres que decidan asesinar, todo se reduce a unos pocos hombres con problemas, pues de los 20 millones sólo matan, roban, estafan… unos cuantos. Pero, curiosamente, ese razonamiento sólo lo aplican a la violencia de género.
  2. La exclusividad trata de definir el machismo como conductas que sólo pueden hacer los hombres sobre las mujeres. Si los hombres las hacen sobre otros hombres o las mujeres también las hacen en diferentes circunstancias, ya no es machismo. Por lo tanto, como los hombres también agreden a otros hombres y las mujeres actúan de manera similar en ocasiones, ya no hay machismo en las agresiones que realizan los hombres sobre las mujeres. Para el machismo todo lo que termina en el mismo resultado tiene el mismo significado y debe abordarse del mismo modo, da igual que la violencia sea terrorista, xenófoba, racista… De nuevo buscan esconder el machismo de la violencia que genera, ocultado que la esencia de la conducta violenta está en las motivaciones y en los objetivos que pretende, no en el resultado, pues todas las violencias acaban en conductas similares, pero desde diferentes posicionamientos.
  3. La incompatibilidad presenta al machismo como un elemento incompatible con cualquier otro elemento o circunstancia. Según ese argumento, si un hombre tiene un rasgo de personalidad que lo presente como narcisista, dependiente, impulsivo, asertivo… ya no es el machismo el que actúa en la elaboración de su conducta, sino sus características particulares; como si un narcisista no pudiera ser machista o un compulsivo tampoco pudiera serlo. La realidad nos dice que es lo contrario, y que es el machismo el que da las referencias para llevar a cabo determinados comportamientos, y que luego se realizan de manera distinta según sus características personales y las circunstancias particulares que actúen en el momento de materializarlo. Niegan el machismo para que no se pueda incidir sobre los factores que permiten la violencia de género como una conducta amparada por la normalidad, los mismos factores que actúan también como garantes de los privilegios de los hombres en una cultura levantada sobre la desigualdad.

El machismo es cultura, no conducta… Lo que define al machismo es esa cultura que determina las identidades y crea los valores, ideas, mitos, estereotipos… que las sustentan, circunstancias que permiten encontrar razones para llevar a cabo los comportamientos que decidan, y luego proporcionar justificaciones para integrarlas en la sociedad bajo la idea de “normalidad” (cuando su resultado no es muy intenso), o de “patología” (cuando es grave y necesitan recurrir al alcohol o a los trastornos mentales).

La argumentación del machismo es pobre y simple, pero les sirve para reforzarse en sus pociones, mantener la cohesión interna como grupo, y levantar odio hacia fuera. Y les sirve también para generar confusión en una sociedad pasiva que contempla la realidad como si no formara parte de ella.

El machismo está cada vez menos presente, pero los machistas que están son cada vez más violentos. No debemos permitirlo.

 

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El puto amo

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Post escrito por Miguel Lorente y publicado originalmente en el diario.es

¿En qué momento de la historia las mujeres introdujeron de manera libre y voluntaria la prostitución como una opción profesional más…? La respuesta es sencilla: en ninguno.

La prostitución es una creación machista para beneficio de los hombres y de su modelo de sociedad, un modelo que necesita la cosificación de las mujeres como parte esencial del mismo. Si miramos con perspectiva, lo sucedido no es muy diferente a la estrategia machista en muchos otros ámbitos y con otros temas. Siempre es lo mismo: primero se impone una idea o referencia que obliga, somete, domina, limita a las mujeres, después se normaliza sobre el hábito y la costumbre, y finalmente, en aquellas cuestiones más trascendentales, se hace legal para que no quede a la subjetividad ni a la intemperie de las circunstancias.

Un ejemplo; primero se considera que las mujeres son inferiores a los hombres y menos capaces, luego se levanta toda la estructura social y de relaciones bajo ese criterio que las limita en lo personal y en lo laboral, después se desarrollan una serie de normas que les impiden votar, trabajar, viajar… más adelante, cuando la situación se hace insostenible, crean otras normas que les permite trabajar y viajar, pero con el permiso del marido… y así hasta que la propia reacción social y los movimientos y organizaciones de mujeres impiden la deriva y corrigen las injusticia que supone esa construcción. Sin embargo, el propio sistema se encarga de que incida lo mínimo sobre ese machismo original, y que sólo lo haga sobre alguna de sus manifestaciones, lo cual permite que sus ideas y valores se mantengan y se adapten a la situación sin renunciar a sus objetivos, aunque le obligue a cambiar de estrategia.

Prostitución como imposición del machismo

La prostitución no es el resultado de la decisión de las mujeres, ellas se han visto obligadas a ejercerla desde el origen de la historia. Es la imposición del machismo para que los hombres refuercen su masculinidad y sensación de poder a través del sexo. Si las mujeres no hubieran sido consideradas como objetos y sexualizadas desde la infancia la prostitución no sería posible. Y si el machismo no hubiera creado las circunstancias para que muchas mujeres a lo largo de la historia entendieran la prostitución como una opción más dentro de la normalidad, las mujeres no la elegirían, del mismo modo que nunca se ha aceptado la esclavitud como una opción laboral, puesto que no se logró normalizar esa forma de explotación.

Cuando se intenta pasar de una prostitución forzada y obligada a una prostitución “libre y decidida”, el éxito no es de quien era explotado y dice liberarse haciendo lo mismo que hacía, sino del contexto que había normalizado esa situación y que ahora la mantiene bajo otras referencias.

No debemos olvidar que la prostitución beneficia a los hombres y al machismo, y lo hace a costa de las mujeres y la Igualdad. La prostitución no proporciona sexo a los hombres, sino poder. La inmensa mayoría de los hombres que consumen prostitución mantienen relaciones sexuales con otras mujeres, y aun así acuden a la prostitución para satisfacer sus deseos de poder de las formas más diversas, pero siendo ellos los amos de esa mujer durante el tiempo de contacto, y reforzando para siempre su idea de hombre y masculinidad para ser también los amos de la sociedad.

Según un informe de APRAM, el 39% de los hombres de nuestro país han consumido prostitución, esos mismos hombres que también cometen violaciones, abusos sexuales, acoso sexual… en las circunstancias más diversas, y todo ello lo hacen culpabilizando a las mujeres por provocar, por actuar con perversidad y engañarlos, o por arrepentirse y tirar de maldad para denunciarlos falsamente, como hemos visto recientemente tras conocer la sentencia del caso de “La manada”, cuya víctima, no por casualidad, ha sido considerada en muchos comentarios como una “puta”.

Lo que ha sucedido estos días con la solicitud para crear un “sindicato de trabajadoras del sexo” refleja muy bien esa estrategia adaptativa del machismo, y cómo utilizan el teórico interés y preocupación por las condiciones de trabajo de las mujeres que la ejercen para beneficio, pero sin cuestionar en ningún momento el trabajo ni las circunstancias que han llevado a esas condiciones.

La estrategia es clara: primero las obligan, las explotan, abusan, agreden… y después, cuando se han creado unas condiciones objetivamente inaceptables, ocultan la prostitución tras las circunstancias en que se ejerce y piden que se actúe para mejorar las primeras sin hacer nada sobre las segundas. Y todo ello bajo la trampa de hacer creer que si cambian las condiciones de trabajo va a suponer un cambio en la prostitución.

La clave, el plano social

Por dicha razón, para ocultar el significado social y cultural de la prostitución dentro del machismo, se acude a la voz individual de mujeres que libremente, y con todo el respeto y consideración por mi parte, piden ejercer la prostitución en unas condiciones adecuadas.

La reivindicación de estas mujeres tienen todo el sentido, tanto por las condiciones en las que desarrollan su actividad, que ya hemos comentado que son inasumibles, como desde el punto de vista de su posición individual; pero la clave, como en tantos otros temas, no está en el plano individual, sino en el social, puesto que son las referencias de la sociedad las que crean el mito de creer elegir libremente en un contexto machista que da significado a la realidad, hasta el punto de crear un imaginario en el que muchos hombres dicen, “ si a mis hijos les faltara para comer, yo robaría”, mientras que las mujeres afirman, “ si a mis hijos les faltara para comer, yo me metería a puta”.

Las decisiones individuales no pueden ir en contra del marco de convivencia ni a favor de los elementos que refuerzan un sistema de ideas y valores como el machismo, basado en la injusticia de la desigualdad. Por eso se actúa contra un agresor aunque la mujer diga que no se haga porque su marido “le pega lo normal”, ni tampoco se aceptaría que un grupo de personas que consumieran sustancias tóxicas ilegales pidiera que las dejaran consumirlas en nombre de su libertad, y de que ellas con su cuerpo hacen lo que consideren, aunque dicha decisión les perjudique.

El machismo ha creado la idea de que los hombres son los “putos amos” de la sociedad, y para ello les da oportunidades para que se sientan así, entrenen su ego y puedan demostrarlo, como ocurre, por ejemplo, con la violencia de género normalizada y con la prostitución. El resultado es claro, y cada hombre, si así lo decide, con independencia de su estatus y circunstancias personales, al menos cuenta con un espacio en el que es el “puto amo”.

<<https://www.eldiario.es/andalucia/desdeelsur/puto-amo_6_811978802.html>&gt;