Iris arcoíris

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Post escrito por Miguel Lorente y publicado originalmente en el blog del autor Autopsia

Hay quien todavía ve la realidad en blanco y negro, como si fuera el NODO de una España caducada que aún espera el comienzo de una película en tecnicolor en la que los héroes terminan por salvar a la patria de los malos. En las películas de mi infancia no hacía falta calificar al otro, bastaba con llamarlo “el malo”, daba igual que fuera un indio, un negro, un moro, un gánster o un soldado nazi o japonés, al final lo importante es que eran “los malos”, porque lo que se quería destacar es que “nosotros” éramos los buenos.

Y aunque la película ha cambiado, aún hay quien sigue el mismo guión y no entiende que la diferencia ya no es inferioridad, sino que forma parte de la igualdad, o sea, parte nuestra a través de una identidad que ya no se construye por contraste con las otras, ni tampoco resulta excluyente. Hoy ser hombre también es ser mujer, al igual que sucede con ser homosexual, trans o de cualquier otra identidad vivida, ninguna de ellas es excluyente en cuanto a los elementos identitarios, aunque cada apersona la viva y se comporte como considere a partir de ellas.

Y eso es lo que les molesta, porque antes ser hombre era no ser mujer, y ser mujer era tener una serie de características propias que los hombres no podían tener. Y a partir de esas identidades rígidas y acríticas, puesto que eran impuestas y aceptadas como parte del orden natural, se distribuían los roles, funciones, tiempos y espacios de unos y otros para hacer de la desigualdad condición y de la habitualidad normalidad. Desde esa construcción no es que los hombres y las mujeres hacían cosas distintas, es que los hombres hacían lo de los hombres y las mujeres lo de las mujeres.

Y no había nada más, puesto que todo lo que no encajaba en ese modelo era considerado patológico, aberrante, delictivo o vicio.

El movimiento LGTBI+ ha conseguido a través de una reivindicación cargada de civismo que la sociedad cuestione ese modelo tradicional, y acepte la diversidad y la pluralidad como una referencia más para la convivencia. No ha habido violencia, ni atentados, ni ataques a nadie, y todo ello a pesar de haber sido perseguidos, encarcelados, agredidos y condenados a una especie de cadena perpetua social como seres enfermos, perversos y viciosos, que amenazaban la vida en sociedad y sus valores de siempre, aunque nunca haya sido un verdadero espacio de convivencia.

A veces es más verdad y dice más de una persona o grupo lo que se niega que aquello que se reconoce. Nadie cree en lo que no necesita, y la mirada también es un acto de fe cuando se busca una confirmación de las ideas, los valores o las creencias.Por eso la realidad sólo es un ejemplo, una especie de hipótesis para confirmar lo que previamente se ha decidido que sea verdad con independencia de cualquier referencia.

De lo contrario no podría entenderse que una persona homosexual sea considerada como una persona enferma, viciosa o anormal, del mismo modo que no habría tanta pasividad y distancia a la violencia de género, con 60 mujeres asesinadas de medida cada año y 600 mil maltratadas.

El significado que se da a la realidad depende de la mirada, la mirada de la conciencia, y la conciencia de las referencias utilizadas para dar sentido a todo aquello que se percibe. Y cuando esas referencias vienen impuestas por el machismo, al final todo se interpreta por lo que los hombres han considerado que es lo correcto y lo necesario para que el mundo construido a su imagen y semejanza funcione. Por eso todo lo que no sea masculino no sólo es diferente, sino que además es inferior. Y por ello todo lo femenino es una amenaza y una especie de ataque a su posición de poder y a la identidad sobre la que se sustenta, aquella que hace que la realidad se interprete sobre la condición otorgada, no sobre Derechos Humanos. Según la construcción machista, primero está la persona con su condición, y luego los Derechos.

Esa es la razón por la que los hombres son tan violentos con los hombres homosexuales, mientras que las mujeres no lo son frente a otras mujeres lesbianas, porque la homosexualidad masculina cuestiona lo individual y lo social, y hace que los hombres se sientan atacados y cuestionados en su identidad sobre la que se sustenta todo su poder personal y público Y por ello también, la forma de cuestionar a los gays es llamarlos “afeminados”, puesto que esa superioridad de los hombres en esencia está construida sobre la inferioridad de la mujer.

Hoy debemos estar muy orgullosos y muy orgullosas de los movimientos y las personas que nos han enseñado a convivir en paz con la diversidad y la pluralidad, a pesar de todos aquellos que presentaban cada paso hacia la Igualdad como un salto al vacío, y de quienes aún viven la libertad como una amenaza y la diversidad como un ataque.

Hoy la sociedad es mejor, no porque permite que haya diferentes identidades que viven sobre el mismo espacio común, sino porque la mayoría de las personas formamos parte de esa comunidad diversa y plural, y miramos la realidad y el futuro con un “iris arcoíris”.

“Machomáticas”

blog.jpgPost escrito por Miguel Lorente y publicado originalmente en el blog del autor Autopsia

Sin duda se trata de un gran descubrimiento, algo así como la Piedra Rosetta del machismo, las claves que permiten descifrar parte de su lenguaje. Hablamos de las “Machomáticas”, el conjunto de reglas y procedimientos que utiliza el machismo para alcanzar los números exactos y las conclusiones necesarias para que todo encaje en su universo XY, desde el que poder hacer pasar una realidad por otra con la fuerza de su palabra.

El tema viene de lejos. ¿Recuerdan aquello de “…y el verbo se hizo hombre y habitó entre nosotros?, pues algunos lo han seguido al pie de la letra, y desde su deidad han elaborado un sistema propio de cálculo con el que concretar lo abstracto de sus ideas en números enteros y decimales con los que cuadrar las cuentas. Y claro, como las palabras tienen sinónimos, estos hombres tan divinos, en su omnipotencia y omnipresencia, no se han cortado un pelo para dar también “sinónimos” a los números en ese lenguaje “machomático”.

Podría parecer algo imposible, pero no lo es. Hay que recordar que el poder del machismo se concentra en dos grandes elementos; por una parte, en la capacidad de condicionar la realidad para que las cosas sean como tienen que ser según el orden, las ideas y valores que ellos han decidido que deben actuar como referencia. Y por otra, en la capacidad de dar significado a la realidad, especialmente cuando se aparta de su modelo, que es cuando podría ser cuestionada. Por ejemplo, cuando un hombre agrede a otro hombre es una agresión, pero cuando un hombre agrede a la mujer con la que mantiene una relación es un asunto privado y algo normal, a no ser que el resultado sea especialmente grave. Y cuando se produce ese resultado y las consecuencias traspasan el umbral de la normalidad, pues recurren a otro significado, y si el hombres es un anciano dicen que se le fue la cabeza, si es un joven fue por celos, y si se trata de un hombre adulto comentan que fue por el alcohol consumido. De ese modo la violencia de género no existe, y cuando se comprueba que sí existe y que está presente como parte de las relaciones, se dice que no es así, que es producto de determinadas circunstancias que afectan a algunos hombres o, incluso, de la provocación de la mujer, del famoso “algo habrá hecho”.

Y ese significado está construido sobre el valor de la palabra de los hombres, de esa capacidad de crear realidades sólo con pronunciarlas o de borrarlas al silenciarlas. La palabra de los hombres se convierte así en el instrumento más poderoso del machismo, y por ello la idea de “palabra de hombre” o de un “hombre de palabra” se presenta como referencia del valor de una cultura patriarcal asentada en esa combinación “hombre-palabra” hecha voz. Y para darle un reconocimiento añadido, la propia cultura no sólo le quita ese significado a la palabra de las mujeres, sino que es presentada como lo contrario, como algo falso, pasajero e interesado, cuando no directamente dirigida contra ellos, como recogen algunas expresiones que tanto me repetían los maltratadores cuando actuaba como médico forense: “sí, yo le he pegado… pero es que mi mujer se empeña en llevarme la contraria”.

Todo forma parte de las combinaciones y significados que han instaurado como claves para que la realidad tenga sentido y sea armónica con su concepción de modelo de sociedad. Por ello utiliza la fuerza y su influencia a través de la capacidad de darle significado para presentarse como merecedores de su superioridad al hacer creer que “tener razón” es ser inteligente. Y para conseguirlo imponen su razonamiento a través de la violencia (explícita o como amenaza), y concluyen que son muy inteligentes al ver que todo el mundo asiente ante sus posiciones. Por eso luego se producen tantas sorpresas cuando algunos destapan el “tarro de las esencias” y no sale nada.

Pero esa construcción, como tantas otras, es falaz. Ya lo expresó Don Miguel de Unamuno con aquello del “vencer y el convencer”; el machismo podrá vencer con la violencia e influir con su poder, pero no convencer con la razón que no tiene.

Y en su desesperación han llegado a los números y a las “machomáticas” para intentar callar las palabras que los cuestionan, de ahí que hayan inventado un lenguaje particular a base de cifras para que luego las letras les sigan dando la razón. Es una lengua muerta que ni siquiera ellos entienden, pero la presentan como una divinidad, como algo en lo que necesitan creer para darle sentido y trascendencia a unas vidas construidas sobre la mentira del machismo.

Y al margen de sus cálculos y de sus cuentas, como decía antes, han cambiado la literatura por la aritmética para darle sinónimos a los números y, de ese modo, convertir esas cuentas en cuentos. Así, por ejemplo, para el 0’014% de las denuncias falsas utiliza el sinónimo del 80%, y cuando hablan de que este tipo de denuncias representan el 80% en verdad no están mintiendo, sólo que aplican un sinónimo. Otro ejemplo, al hablar de hombres asesinados por sus parejas dicen que cada uno de estos últimos años han matado a 30, cuando los datos del CGPJ hablan de cifras entre 4 y 8, pero no debemos entender sus palabras como una falacia, tan sólo que han aplicado otro sinónimo numérico dentro de su lenguaje “machomático”. Es algo similar a cuando hablan de que se producen más de 8000 suicidios de hombres por “divorcios abusivos”, a pesar de que el número total de suicidios masculinos está alrededor de 3500; no piensen que es un intento de manipular, nada de eso, es otro sinónimo dentro de su literatura aritmética que convierte las cuentas en cuentos.

Puede parecer complejo en una primera aproximación, pero no lo es tanto. Si se dan cuenta es lo que sucede cuando nos acercamos a cualquier lengua extranjera, que al principio no entendemos nada, pero en cuanto aprendemos algunas palabras y algunas claves sobre su gramática y significado ya somos capaces de ir avanzando por su entramado. Por eso he elaborado una primera “tabla” que nos ayude a entender sus cálculos y sus cuentas, con las que comprender la historia de fondo que aparece en sus cuentos, y la moraleja que tratan de hacernos llegar para que no lleguemos muy lejos de la mano de la Igualdad.

Es una tabla que puede parecer sofisticada, como la propia cultura, pero en realidad es muy simple. En ella se mezclan todo tipo de operaciones, tanto la suma como la multiplicación, la resta y la división, pues el objetivo es que todo encaje.

Echémosle un vistazo a una parte de esa “Tabla de las Machomáticas”:

. Uno por uno = Diente por diente

. Uno más uno = “Mis cojones”

. Uno más una = Uno

. Una y una = Ninguna

. Dos entre uno = Tres

. Cinco por una = Burundanga

. 19 entre 130.000 = 80%

. 90 hombres, 10 mujeres = Igualdad

. 50 hombres, 50 mujeres = Discriminación

A partir de esta tabla se puede hacen las operaciones más diversas bajo sus reglas.Un par de ejemplos rápidos. El primero, cuando un factor determinado se multiplica por el factor “mis cojones”, el resultado tiende a infinito. De manera que cuando alguien dice “eso no lo hago” y un machista lo multiplica por su factor testicular y apunta, “por mis cojones que lo vas a hacer”, el resultado es que tenderá a hacerse siempre.

El segundo, con independencia de que el resultado de una operación sea un número positivo, en realidad puede ser igual a cero cuando se acompaña del decimal “de eso nada”. Así, si se dice que la brecha salarial entre hombres y mujeres es del 20% y se pone detrás, como si fuera un decimal, “de eso nada”, para las “machomáticas” la brecha salarial es igual a cero.

No traten de entenderlo, es “machomática pura”.

Artículo 3. Definiciones (Convenio de Estambul)

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Post escrito por Miguel Lorente y publicado originalmente en el blog del autor Autopsia

Antes de querer inventarse una realidad, el machismo, la derecha y la ultraderecha deberían darse un paseo por la que ya existe, y así evitar tropezar con los hechos.

El Convenio de Estambul (“Convenio del Consejo de Europa sobre la prevención y lucha contra la violencia contra las mujeres y la violencia doméstica”) fue aprobado en 2011 y ratificado por España en 2014, ratificación que lo integra como normativa española. Su artículo 3 es muy claro, literalmente dice:

Artículo 3. Definiciones

A los efectos del presente Convenio:

  1. por “violencia contra las mujeres” se deberá entender una violación de los derechos humanos y una forma de discriminación contra las mujeres, y designará todos los actos de violencia basados en el género que implican o pueden implicar para las mujeres daños o sufrimientos de naturaleza física, sexual, psicológica o económica, incluidas las amenazas de realizar dichos actos, la coacción o la privación arbitraria de libertad, en la vida pública o privada;
  2. por “violencia doméstica” se entenderán todos los actos de violencia física, sexual, psicológica o económica que se producen en la familia o en el hogar o entre cónyuges o parejas de hecho antiguos o actuales, independientemente de que el autor del delito comparta o haya compartido el mismo domicilio que la víctima;
  3. por “género” se entenderán los papeles, comportamientos, actividades y atribuciones socialmente construidos que una sociedad concreta considera propios de mujeres o de hombres;
  4. por “violencia contra las mujeres por razones de género” se entenderá toda violencia contra una mujer porque es una mujer o que afecte a las mujeres de manera desproporcionada;
  5. por “víctima” se entenderá toda persona física que esté sometida a los comportamientos especificados en los apartados a y b;
  6. el término “mujer” incluye a las niñas menores de 18 años.

Los  47 países que forman el Consejo de Europa reconocen, y así lo han legislado, que existe una violencia especifica contra las mujeres que nace de la construcción que la cultura machista hace sobre el género, es decir, sobre lo que esa cultura entiende que debe ser el papel y la posición de hombres y mujeres en la sociedad. Una violencia, la que sufren las mujeres bajo esas circunstancias, que se produce para mantener el orden dado bajo la idea de corregir y castigar a las mujeres que con sus conductas y comportamientos lo alteren, y que encuentra en la normalidad el mayor cómplice para poder invisibilizarla y silenciarla, tanto que el 75-80% de las mujeres que la sufren no la denuncian.

Pero, además, cuando superan todos los obstáculos, dificultades, miedos y dudas, y las mujeres denuncian la violencia vivida, entonces las críticas  se dirigen contra ellas, no hacia sus agresores, y se produce un cuestionamiento para poner en duda si es verdad o no lo que la mujer relata en la denuncia, o directamente la responsabilizan a ella por haber hecho algo para “provocar” a su agresor, todo ello como parte de los mitos que las asocian con la maldad y la perversidad que la misma cultura ha situado sobre las mujeres. La situación es tan grave que el 1% de “denuncias falsas” que recoge la FGE se convierte “por obra y magia” del machismo en el 80%. Un machismo que tiene dudas para creer a las mujeres cuando denuncian, pero que no tiene ninguna duda para saber que la mayoría de las denuncias son falsas sin necesidad de investigar ni de probar nada.

Las agresiones que sufren las mujeres se producen al final de un proceso de aislamiento y crítica hacia sus fuentes de apoyo externo, fundamentalmente la familia, las amistades y el trabajo, proceso que las atrapa en la propia relación violenta y facilita que asuma los dictados del agresor responsabilizándola de la propia violencia que sufre. Ese proceso interno de aislamiento llevado a cabo por el hombre que la agrede es integrado dentro de la normalidad de los “asuntos de pareja” por el machismo externo de la sociedad, hasta el punto de llevar a las propias víctimas a manifestar lo de “mi marido me pega lo normal” sin que nadie que lo escuche reaccione ante tal afirmación. Es lo que recoge la Macroencuesta de 2015 cuando el 44% de las mujeres que sufren violencia y no la denuncian, refieren no hacerlo porque la violencia “no es lo suficientemente grave”. 

Ese es uno de los logros del machismo, situar la crítica de la violencia en lo cuantitativo y luego hacer del umbral que define lo “inaceptable” algo relativopara que suba o baje según las circunstancias y la decisión del agresor.

La violencia de género, como vemos, vive entre la normalidad y es protegida por las circunstancias que llevan a que no se denuncie, y a la pasividad de los entornos y de muchos profesionales que atienden a las víctimas, y en lugar de profundizar en la situación que presentan miran para otro lado, por eso el porcentaje de denuncias a través del parte de lesiones, por ejemplo,  sólo fue del 9’7% en 2017.

Todas estas circunstancias para ejercer la violencia contra las mujeres, y luego para justificarla y mantenerla como parte de la relación, son propias de la violencia de género, no ocurren con otras violencias domésticas ni fuera de ese escenario familiar. No existe una construcción cultural que lleve a decir a los hombres “mi mujer me pega lo normal”, ni a que si hombre comente o denuncie que la mujer le ha pegado alguien le diga, “algo habrás hecho”,del mismo modo que no genera sospechas en el momento de acudir al Juzgado ni nadie dice que denuncia porque “quiere quedarse con la casa, los niños y la paga”.

La realidad de la violencia contra las mujeres es objetiva y los estudios la han puesto de manifiesto desde hace décadas. La resistencia del machismo y de los partidos de derechas no es casualidad, sino consecuencia de una defensa de su modelo de sociedad y relaciones basado en la desigualdad y en la referencia de los hombres, para hacer del resto de la realidad parte de sus competencias (mujeres, familia, educación, economía…)

Erradicar la violencia de género exige acabar con el machismo, no puede haber solución si permanecen las causas, del mismo modo que habrá consecuencias si continúan las razones que dan lugar a ellas. Por eso el propio Consejo de Europa en el Convenio de Estambul, en su artículo 9, reconoce y da un papel esencial a las ONGs y a la sociedad civil en todo el proceso, porque es consciente de que las actuaciones desde las instituciones y los propios entornos de las víctimas no es suficiente para abordar todos los elementos que genera el machismo desde la normalidad para atrapar a las mujeres en la violencia. Lo que el machismo y la derecha llama “chiringuitos” de manera despectiva son instrumentos esenciales para salir del foso que la cultura cava alrededor de cada relación violenta, lo cual demuestra el gran desconocimiento que tienen sobre la violencia de género y su desconsideración a las mujeres, niños y niñas que la sufren y viven bajo sus golpes y amenazas.

El artículo 3 del Convenio de Estambul establece de forma clara la diferencia entre violencia de género y violencia doméstica, confiemos en que los 3 partidos de Gobierno en Andalucía articulen sus políticas sobre el pivote de la Igualdad, de lo contrario no sólo estarán contra la realidad, estarán también contra la ley.

El chiringuito del machismo

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Post escrito por Miguel Lorente y publicado originalmente en el blog del autor Autopsia

Qué clase de beneficios no tendrá el machismo cuando sólo por los costes de la violencia de género está dispuesto a pagar 109.000 millones de euros cada año.Así lo recoge el  estudio coordinado por el Instituto para la Igualdad de Género de la UE, una cantidad que supone el 0’8% del PIB de los 28 Estados miembros.

Y es que el machismo también es un negocio para quien ocupa las posiciones de poder que dan los privilegios de una cultura hecha a imagen y semejanza de los hombres, que son quienes se mueven por esas plantas acristaladas en las alturas de la estructura social desde las que todo se observa y se domina.

Ya hemos insistido en más de una ocasión en que el machismo es cultura, no conducta, y por tanto las dinámicas que genera son de dos tipos, por un lado las sociales o generales, y por otro las individuales o personales; y en ambas los hombres y su modelo androcéntrico tienen ventajas y beneficios económicos. Veámoslo de forma rápida.

A nivel social, las relaciones y la economía se han organizado bajo la referencia de que las mujeres deben asumir las tareas domésticas y de cuidado sin remuneración alguna. Pero, además, si trabajan fuera del hogar han de hacerlo sin abandonar sus “obligaciones” domésticas, situación que lleva a que, tal y como recoge el Barómetro del CIS (marzo de 2014), trabajando prácticamente lo mismo fuera de casa dediquen cada día un 97’3% más de tiempo que los hombres a las tareas del hogar, y un 25’8% más a las labores de cuidado de los hijos e hijas. Por si fuera poco, también cobran menos que los hombres en una brecha salarial que parece insalvable, y la precariedad de sus trabajos se refleja en la sobre-representación de las mujeres en los puestos más bajos, y en la “renuncia” a la jornada completa por cuestiones relacionadas con los cuidados de familiares.

A nivel individual, cada uno de los hombres que cuenta con una de esas mujeresque asume renunciar al trabajo, realizar las tareas de casa, cuidar a los niños, reducir su jornada… tiene el beneficio económico de poder seguir ganando más y de hacer las promociones necesarias con las que obtener el reconocimiento “merecido” para ascender profesionalmente y, así, ganar más dinero y más independencia. Este hecho ya fue puesto de manifiesto de manera científica en el trabajo publicado por S. Zedeck en el Journal of Applied Psychology(2008), en el que se concluye que los hombres que siguen el modelo machista en su vida y en sus relaciones de pareja o familiares ganan más dinero.

Como se puede ver, tanto a nivel macro, en lo que es el modelo capitalista de economía al que tanto le gusta la explotación de las personas, como a nivel individual, el beneficio para los hombres bajo el machismo es directo e inmediato, lo cual muestra el negocio que supone el machismo para ellos.

Y para poder obtener esos beneficios económicos sin que el sistema se venga abajo ni de lugar a una revolución, necesita crear un marco de significado en el que se entienda que esa organización es la correcta, y unas circunstancias de vulnerabilidad para las mujeres que las lleve a “aceptar” esa precariedad como parte del destino, o como una forma de adquirir algo de autonomía e independencia con las que salir de los límites que las atrapan en oportunidades y expectativas.

El machismo, que es cultura, no conducta, se encarga de actuar sobre los dos niveles comentados, el social y el individual, para hacer entender que esa distribución desigual del trabajo y la asignación de tareas específicas para hombres y mujeres, es adecuada. Una situación que se ve reflejada de manera gráfica en las palabras del eurodiputado polaco Janusz Korwin-Mikke, cuando dice que las mujeres deben cobrar menos porque “son más débiles y menos inteligentes”, o en las de su compatriota en el Parlamento Europeo, Stanislaw Zóltek, que ha declarado recientemente que “hay trabajos para hombres y trabajos para mujeres”. Curiosamente, se le ha olvidado decir que los mejores trabajos son para los hombres y los peores para las mujeres.

El machismo no es tonto, es malvado  y violento, pero sabe muy bien cómo tiene que organizarse y cómo ha de responder para mantener sus privilegios y su modelo. Lo que ocurre es que es tan prepotente y se cree tan superior, que no se da cuenta de que en los propios argumentos que utiliza para atacar a la Igualdad refleja sus miedos y sus intereses.

Por ejemplo, cuando dice que no debe haber recursos específicos para la violencia de género y que todas las violencias deben ser abordadas con las mismas iniciativas, lo que refleja es el miedo a que se identifique que detrás de la violencia contra las mujeres no sólo está el agresor de cada caso, sino las referencias comunes a cada uno de ellos que la cultura machista pone a su disposición. Por eso en lugar de pedir una ley contra la violencia que sufren los hombres, que según ellos es su preocupación, piden que se derogue la ley contra la violencia de género, algo que no tiene sentido. Cuando comentan que la custodia de los hijos debe ser compartida, callan y se oponen al desarrollo de medidas para que los padres se incorporen a las tareas de cuidado igual que lo hacen las madres. Cuando denominan a las feministas como “feminazis” reflejan su ideología supremacista y su inspiración en quienes actuaron intentando aniquilar a quien consideraban como diferente e inferior.

Y ahora, cuando hablan de los “chiringuitos” del feminismo revelan que lo que intentan proteger es su chiringuito machista y el negocio que supone el machismo, no a través de “subvenciones” puntuales, sino de los Presupuestos Generales del Estado y de toda la economía.

Un negocio que está dispuesto a pagar cada año 109.000 millones de euros en la UE para costear la violencia de género que ejercen con impunidad, y de esa forma mantener sus beneficios directos e indirectos. Una situación que nos da una idea, no sólo de los privilegios que tienen los machistas, sino también de las ganancias económicas que reciben.

La solidez gremial de la injusticia (O por qué los machistas no son machistas)

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Post escrito por Miguel Lorente y publicado originalmente en el blog del autor Autopsia

Los racistas no son racistas, sencillamente afirman que los negros, los árabes, los gitanos… tienen una serie de características y limitaciones que los hacen inferiores a los blancos. Los xenófobos no son xenófobos, sólo dicen que los extranjeros vienen a España para beneficiarse de las ayudas sociales y de la sanidad de nuestro país. Los homófobos tampoco son homófobos, simplemente consideran que quien ama a las personas de su mismo sexo son enfermos que van contra las leyes de la naturaleza… Y los machistas no son machistas, sólo aseguran que los hombres tienen una serie de condiciones, desde la “superioridad intelectual” a la fuerza física, que los llevan a asumir una posición de referencia y control sobre quienes por sus características (debilidad física, labilidad emocional, cierta maldad y perversidad innata…) han de ser controladas; es decir, sobre las mujeres.

De ese modo el individuo se diluye en el grupo, y como las referencias comunes del grupo coinciden con las de cada uno de sus miembros, ninguno de ellos destaca sobre la armonía del conjunto. Y esa normalidad actúa como razón para mantener sus valores e ideas, y como justificación cuando en nombre de ellas el resultado escapa de los límites establecidos por el modelo, bien sea porque se ha roto el silencio impuesto, o bien porque el impacto del daño ocasionado supera todos los amortiguadores que el propio sistema coloca para aminorarlo.

Es lo que ocurre en violencia de género, a pesar de que cada año más de 700.000 mujeres la sufren, sólo el 20% denuncia. Es decir, el 80% se mantiene en la invisibilidad y en el silencio, y lo hace porque, tal y como recoge la Macroencuesta de 2015, considera que la violencia sufrida es “normal” (un 44% lo afirma), o siente vergüenza al denunciarla (un 21% lo refiere). Pero esta situación, lo que en verdad nos indica es que la sociedad ha adoptado unas referencias para convivir que llevan a que unos 700.000 hombres maltraten cada año a las mujeres con las que comparten una relación de pareja en nombre de esa normalidad, que lo hagan jugando con el silencio y con la culpa de las propias mujeres maltratadas y avergonzadas, y con un sistema que no hace lo suficiente para abordar de raíz una realidad tan terrible y dramática como la violencia de género, hasta el punto de que el total de maltratadores sólo termina con condena un 4’8% (“Machismo impune”). De este modo, la impunidad se une a la invisibilidad para que el sistema y sus valores e ideas continúen como referencia de una sociedad que lleva a pensar que “los machistas no son machistas”, como cree que “los racistas no son racistas”, los “xenófobos no son xenófobos”, los “homófobos no son homófobos”… salvo que las consecuencias de ese machismo, racismo, xenofobia… o cualquier otra situación basada en el odio y la discriminación, no se puedan ocultar bajo la alfombra roja de la normalidad y su violencia.

No se trata sólo de conductas individuales, hacérnoslo creer es la trampa que la propia cultura ha introducido para cuando los hechos transcurren fuera de los límites de la normalidad, sino de la injusticia del propio sistema construido sobre las referencias de una desigualdad, que lleva a situar a blancos por encima de otros grupos de población, a las personas nacidas en el país como más valiosas que las extranjeras, a las heterosexuales como referencia ética y conductual sobre las homosexuales… y a los hombres como superiores a las mujeres.

La injusticia, la discriminación, la desigualdad… siempre son sociales; necesitan ese contexto social que de sentido a sus conductas y las integre con un determinado significado, bien dentro de la normalidad o, cuando se exceden en sus consecuencias, como ejemplo de anormalidad, hablando entonces de “trastorno mental, de acción de sustancias tóxicas, de pérdida de control…” para proteger y no cuestionar el modelo que introduce las referencias que llevan a muchos hombres a ejercer la violencia de género con invisibilidad e impunidad, al igual que otros lo hacen sobre elementos racistas, homófobos, xenófobos…

Es la “solidez gremial de la injusticia” a la que se refería el imborrable José Ángel Valente en su poema “No inútilmente”, y la clave para que podamos afrontar una solución definitiva a sus manifestaciones por medio de la erradicación de las ideas y valores que las ocasionan. La fuerza del machismo no está en los 700.000 hombres que maltratan, ni tampoco en los 60-70 que asesinan cada año; la fuerza del machismo radica en esa “solidez gremial” de los hombres y de los valores, ideas y creencias que han situado en la esencia de una cultura para que la convivencia en sociedad siempre gire sobre ellos.

Las reacciones ante cada uno de los crímenes de la violencia de género muestran el rechazo de una parte de la sociedad (minoritaria, por cierto, y del lugar donde fue cometido el homicidio), pero sobre todo, lo que revelan es la normalidad con su silencio e invisibilidad que existía hasta el momento justo en que los golpes se convirtieron en mortales.

Quien mata es el machismo que hay en la sociedad, es cierto que lo hace a través de cada uno de los hombres que deciden dar ese salto mortal, no al vacío, sino al seno de sus ideas y valores para que, como los ángeles bíblicos, los recojan y amortigüen su caída, pero son esas referencias patriarcales las que alimentan a cada uno de los agresores. Si se tratara de un grupo limitado de hombres machistas y violentos, como algunos tratan de presentar, los homicidios de género ya se habrían acabado y los agresores no serían tan jóvenes como comprobamos en la actualidad, pues conforme ha transcurrido el tiempo y han sucedido los homicidios, se habrían agotado sus autores. Pero no es así, los homicidios por violencia de género continúan, y lo hacen con nuevas formas (matando a hijos e hijas y otras personas cercanas a la mujer, simulando el homicidio para no ser detenidos, suicidándose después para no verse cuestionados…) y continúan con agresores jóvenes, muchos de ellos apenas adolescentes cuando se aprobó la Ley Integral.

Y todo ello ocurre porque el machismo con sus ideas, valores, creencias y referencias ha estado presente en todo momento, y ha ido alimentando a los nuevos agresores, tal y como lo hace en este mismo instante.

El machismo es fuerte como grupo, no como individuos aislados, el hecho de que  haya algunos muy violentos da igual. El machismo como cultura puede prescindir de ellos, y de hecho lo hace cuando “los entrega” tras cada homicidio, es cierto que presentándolos en algunos contextos como una especie de “mártires” por la causa, pero siempre dispuesto a sustituirlos por otros.

Es lo que vemos a diario con el posmachismo  y con su movilización ante cada homicidio por violencia de género. El ritual no falla: hablan de denuncias falsas, de que las mujeres también matan, de los hombres que se suicidan por culpa de las mujeres, de que todas las violencias son importantes… Y como ven que quien tienen la obligación de responder desde las instituciones no lo hace, cada vez dan un paso más; y ahora, tras el homicidio de Marina y Laura en Cuenca, aplauden que su alcalde condenara estos asesinatos por violencia de género refiriéndose a “cualquier tipo de violencia”, y que el crimen de Laura, amiga de Marina, no sea computado como violencia de género, como si hubiera ocurrido “por accidente” o al margen de esta violencia.

La solidez gremial de la injusticia impregna toda la sociedad, lo hace a quienes matan, a los que maltratan, a quienes cuestionan la Igualdad y sus acciones para acabar con esta violencia, a quienes creen que la neutralidad es suficiente, y a quienes no actúan desde las instituciones para erradicar esta realidad criminal de una vez por todas…

El gremio de la injusticia son los machistas, y machistas son quienes defienden una sociedad jerarquizada donde el poder es situado en determinadas personas por su status y condición, según el modelo patriarcal que partió de la desigualdad hombre-mujer, y después la fue ampliando según las circunstancias, sin renunciar en ningún momento a esta, puesto que es el pilar que sostiene todas las demás en cualquier lugar del planeta.

El machismo es una posición conservadora previa a las ideologías, y las ideologías progresistas que realmente lo sean tienen que romper definitiva y explícitamente con el machismo, de lo contrario éste y el conservadurismo que lo define se beneficiarán de la indefinición y de las medidas parciales dirigidas a las manifestaciones consideradas inaceptables por el momento y el lugar.

Y todo ello exige más feminismo sin complejos, así de sencillo, pues la “solidez gremial de la injusticia” sólo puede finalizar con la solidez gremial de la Justicia, y ésta sólo puede alcanzarse a partir de la Igualdad.

¿Tuve yo la culpa?

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Post escrito por Ana Mª Castillo Moreno y publicado originalmente el 13 de Marzo de 2019 en la revista Wall Street International

El proceso está siendo largo y doloroso. Casi dos años de maltrato y ahora en tratamiento psiquiátrico y psicológico. Mi psicóloga dice que otras no han tenido tanta suerte. Es cierto, yo estoy recibiendo mucho apoyo. Voy resurgiendo de mis cenizas poco a poco, con una confianza en mí misma, en mi poder, que antes nunca hubiera imaginado y, aunque todavía evito los lugares en los que pudiera existir la posibilidad de encontrármelo y aún necesito salir a la calle acompañada cuando tengo que alejarme mucho de casa, he reunido las fuerzas suficientes para contar mi historia, por si a otras pudiera servirles de ayuda.

Pertenezco a una familia de una clase social media. Soy la menor de tres hermanos: mujer la mayor y varón el segundo, ambos ya casados y viviendo en otras ciudades. Nací a destiempo, cuando mi madre no pensaba para nada en la posibilidad de volver a quedarse embarazada. En realidad, se puede decir que me he criado como hija única; sin embargo, mis progenitores nunca han sido sobreprotectores. Yo era bastante dócil. Nunca les planteé grandes problemas.

Debido a su trabajo (ambos enfermeros en el hospital) y a las actividades deportivas y culturales en las que participaban, pasaban poco tiempo en casa. Eso se lo podían permitir, les oí comentarles en más de una ocasión a sus amigos, porque tenían plena confianza en mí. Así que desde bien pequeña tuve las llaves de casa. Era frecuente que comiera sola a mediodía y que nuestros encuentros más prolongados se limitasen a la hora de la cena y algunos momentos del fin de semana. En contra de lo que se pudiera pensar, nunca me sentí desatendida ni abandonada (o, al menos, eso creía. La terapia con la psicóloga me está demostrando lo contrario). Cuando en escasas ocasiones me quejaba ante Vera, mi amiga del alma, de que apenas veía a mis padres, se apresuraba a recordarme la buena suerte que tenía con mi independencia, pues a ella (que sí era de verdad hija única) la tenían súper controlada.

Yo no destacaba en nada ni para lo bueno ni para lo malo. Pasaba desapercibida tanto en las clases como en la pandilla. Llevaba una vida más o menos tranquila, sin grandes sobresaltos ni ambiciones.

En tercero de la ESO llegó a la clase un chico nuevo, Pablo. Se rumoreaba que venía de otra ciudad y que era repetidor. Pablo es guapo y simpático a rabiar. Desde el momento en que lo vi, mi rutina emocional dio un giro de 180 grados. Amor a primera vista, me decía mi amiga Vera que se llamaba lo que me había ocurrido. Pero ni se me pasaba por la imaginación que yo pudiera llegar a gustarle. Sin embargo, a mediados de curso su atención se centró en mí. Más adelante, me confesó que estaba harto de las facilonas y que lo que le había atraído era mi timidez, lo roja que me ponía cada vez que se cruzaban nuestras miradas. Comenzamos a salir; al principio, unas veces solos y otras en pandilla. Vivía en una nube de felicidad indescriptible. Yo, que nunca había destacado en nada, era el objeto de envidia de las compañeras del instituto y «una princesa» (así me llamaba Pablo) para el chico más guapo y popular. Mis padres, por supuesto, ni se enteraron del cambio. La única que lo sabía todo era Vera. Con el tiempo, la pobre se quejaba con razón de que me estaba perdiendo, pues Pablo se fue volviendo cada vez más posesivo. Yo creía a pie juntillas sus razones: me quería tanto, que no podía compartirme con nadie.

Fue en la Nochevieja del año siguiente (él tenía 17 años y yo 16) cuando me llevé el primer disgusto serio. Habíamos quedado para celebrarla en un pub con los amigos. Cuando entramos en el pub y me quité el abrigo, me sujetó del brazo con fuerza y me susurró:

— ¿Dónde vas con esa ropa de puta?

Me volví hacia él sin poder dar crédito a lo que acababa de escuchar.

— Suéltame -le dije —. Me haces daño.
— ¡Vamos afuera!

Salimos a la calle. Me sentía bastante confusa y ofendida.

— ¿Qué mosca te ha picado? ¿Cómo te atreves a llamarme puta? Es Nochevieja. Voy vestida como las demás.
— Como vayan las demás, es asunto suyo. Tú eres asunto mío. O vas a cambiarte o se terminó la fiesta.

Al tiempo que decía aquello, me pellizcaba fuertemente en el brazo. Se me saltaron las lágrimas. No rompí a llorar por vergüenza, por no dar un espectáculo.

— Vámonos de aquí -le dije nerviosa.

Por el camino le expliqué que no podía ir a cambiarme porque mis padres habían decidido celebrar la fiesta en casa con unos amigos. Ellos desconocían mi relación con Pablo y yo no sabía qué excusa inventar. Me acompañó a la parada de autobús y me mandó para casa.

— Estarás contenta de haberme amargado la noche. En media hora te llamo. Que no me entere yo de que te mueves de casa.

Fingí ante mis padres que me había entrado jaqueca, seguramente porque la regla estaba a punto de venirme. Se lo creyeron porque me solía suceder algunos meses. Cuando Pablo me llamó, justo a la media hora, su voz sonaba totalmente cambiada. Volvía a ser el chico sosegado y cariñoso.

— Que duermas bien, princesa. Mañana te espero a las doce en la plaza.

Aquella noche la pasé llorando sin conseguir entender nada.

Al día siguiente llegué puntual a la cita. Me besó y me entregó una cajita de bombones.

— No me gusta que nos enfademos, princesa.
— Ayer me hiciste mucho daño -le enseñé un gran moratón en el brazo —. Además, no entiendo por qué te enfadaste tanto.
— Porque te quiero. Eres mi princesa. Solo yo puedo mirarte así.

Me pidió perdón por el pellizco. También me pidió que saliésemos siempre los dos solos. Quería disfrutar de mi compañía a tope, sin compartirme con nadie. Fue tan zalamero durante aquellos días, que volví a confiar en él y a sentirme la mujer más importante del mundo cuando estaba a su lado.

Vera protestaba:

— Alejandra, no comprendo por qué no tienes en todo el día un rato para estar con tu mejor amiga.
— Vamos, Vera, no te pongas celosa. Ahora tengo novio.
— Ese Pablo es un bicho raro. ¿Ya se te ha olvidado lo que te hizo en Nochevieja?
— Eso es agua pasada. Me pidió perdón, se dejó llevar por los nervios y los celos. Me ha prometido que no volverá a suceder.
— Allá tú. Yo no me fío.

Llevaba razón Vera al no fiarse de Pablo. A lo largo de ese curso, se repitieron los episodios de celos (que si había mirado a alguno, que si me había maquillado demasiado, que si fulanito me miraba, que si cuando me llamaba no siempre mi móvil estaba disponible y él quería saber con quién »cojones» hablaba o dónde «cojones» estaba). Episodios de celos acompañados siempre de algún tipo de violencia física (un bofetón, un empujón, un pellizco, voces, insultos). Pero tenía una habilidad prodigiosa para alternar la furia con la ternura y hacerme creer que no podría vivir sin mí.

Una noche acudió a esperarme a un parque cercano a casa con el coche de un amigo. Ante mi temor de que nos cogiera la policía sin carnet de conducir, me aseguró que la policía no rondaba por el lugar donde me iba a llevar. Me tenía reservada una sorpresa, la prueba más grande de amor. Llegamos a un descampado.

— ¿Dónde está la sorpresa?

Como respuesta, me llevó al asiento trasero. Empezó a besarme y a acariciarme esmerándose, como siempre, en hacerme sentir única. Me desnudó lentamente, luego se desnudó él. Yo permanecía muda, dejándome hacer, creyéndome una princesa en brazos de su príncipe. Entonces, me enseñó un preservativo. Me sobrecogí.

— Nunca lo he hecho, Pablo. No sé si debo. No sé si estoy preparada.
— ¿Me quieres más que a nada ni a nadie?
— Sabes que sí.
— Ahora tienes la oportunidad de demostrármelo. Desde esta noche, serás totalmente mía. Yo seré el primero y el único.

Se colocó el preservativo. En un santiamén estaba encima de mí, me abrió las piernas y me penetró con brusquedad. Me quejé de dolor y quise apartarlo. Se detuvo enfurecido y me abofeteó. Continuó violándome al tiempo que me insultaba:

— ¿No te gusta, puta? ¿Acaso te gustaría más hacerlo con otro? ¿No la tengo lo suficientemente grande para ti? Vamos, zorra, a mí no me engañas; sé que estás disfrutando.

Cuando entendí que había terminado, salí como pude de debajo de él, me vestí aprisa. Aterrorizada, lo observaba de reojo de vez en cuando. Había en su mirada perdida una expresión de locura. Sudaba y jadeaba. Un hilo grueso de saliva le resbalaba por la barbilla. Con más miedo que vergüenza, me fui al asiento delantero.

— Por favor -musité — llévame a casa.

Se vistió sin decir palabra y sin decir palabra me llevó hasta casa. Bajé del coche como alma que lleva el diablo, corrí hacia el portal pidiéndole a Dios que Pablo no me siguiera y que mis padres aún no hubiesen vuelto. Me duché con agua bien caliente, restregándome a fondo en un intento desesperado por borrar las huellas de lo que acababa de vivir. El móvil no paró de sonar desde que entré en casa. Sabía que era él y no estaba dispuesta a cogérselo. Pero continuó sonando. En un arrebato de valentía, decidí cogerlo antes de que llegaran mis padres. Le iba a dejar bien claro que lo nuestro se había acabado. Fue él quien habló primero:

— Oye, zorra, ni se te ocurra hablar con nadie sobre lo nuestro.
— No soy ninguna zorra. Pero tú sí eres un cabrón. Lo nuestro ha terminado. No vuelvas a acercarte a mí.
— A mí tú no me dejas plantado. Eres mi novia te guste o no. ¿O acaso quieres que vaya por ahí enviando mensajes y contando todo lo que he hecho contigo?
— ¿Por qué me hiciste creer que era tu princesa? -me había derrumbado y lloraba.
— Tú eres la que lo has estropeado todo al no querer hacerlo conmigo.
— Pero… yo solo dije que me dolía.
— Vaya por Dios con la estrecha. No me vengas con reproches. Seguiremos siendo novios o… atente a las consecuencias.

Las semanas siguientes fueron un infierno. Menos mal que contaba con el cariño de Vera, a quien le confesé todo. Dejé de asistir a clase. Cuando podía, me quedaba en casa. Si estaban mis padres, buscaba lugares donde nadie pudiera verme durante las horas de clase. No me importaba suspender el curso. Me inventaría una buena excusa para cambiar de instituto. Pablo cumplió su amenaza. A los compañeros del instituto comenzaron a llegarles mensajes suyos en los que me ponía de puta, mosquita muerta, calienta pollas y un montón de insultos por el estilo.

Vera estaba muy preocupada por mí. Me decía que tenía que buscar una solución y la solución no era dejar de ir a clase ni vivir a escondidas constantemente. Yo no había hecho nada de lo que avergonzarme; el único culpable era Pablo. Me dio un ultimátum: o hablas YA con tus padres o lo hago yo.

Al final me decidí. Pedí a Vera que estuviera presente para darme apoyo moral. Fue muy doloroso contarles a mis padres lo que me llevaba ocurriendo desde el curso pasado. De la reacción de sorpresa pasaron a la del reproche: no nos esperábamos esto de ti. Reproche que Vera cortó en seco cuando se atrevió a echarles en cara que también ellos tendrían algo de responsabilidad por haberme dejado tanto tiempo sola. Luego vinieron los llantos de arrepentimiento, las escenas de cariño. Te vamos a apoyar en todo o que necesites, me aseguraron y lo cumplieron. Revisión médica para descartar un posible embarazo o enfermedad de transmisión sexual; cita con un psiquiatra y con una psicóloga.

Mis padres y Vera, aconsejados por los especialistas, decidieron denunciar a Pablo. Primero declaré yo. Al salir, me crucé con él acompañado por sus padres. Advertí desprecio en la mirada altanera de Pablo y de su padre; sin embargo la madre caminaba con la mirada baja, encogida y llorando. Pablo aseguró que yo era quien le había buscado y provocado. Pero los e-mails que yo guardaba y los que me facilitaron algunos compañeros sirvieron como prueba de acoso. La condena de Pablo consistió en abandonar ese instituto y no acercarse nunca más a mí. El apoyo incondicional de mi familia y de Vera ha sido fundamental; pero también lo ha sido el apoyo del profesorado del instituto y el de algunos compañeros.

El tratamiento psicológico me está ayudando a entender que yo no tuve la culpa (aunque a veces me pregunte si no será verdad que de alguna manera le busqué y le provoqué; otras, me siento culpable de no haber cortado a tiempo, de haberme dejado llevar por sus halagos). La psicóloga me ayuda a perdonarme por sentir miedo, por sentirme en ocasiones como una auténtica mierda. Me dice que nuestras reacciones son fruto en gran medida de la huella que nuestra infancia ha dejado en nuestro subconsciente.

Estoy comprendiendo que no hay un solo culpable. El puzzle de terror en el que he vivido los últimos años lo componen muchas piezas de las cuales quizá la mía sea la más pequeña. Entre esas piezas estarían la sociedad, mis padres, Pablo, sus padres (supe tiempo después que el padre de Pablo maltrata a su madre de la misma forma que él hizo conmigo), los padres de sus padres y también los padres de mis padres, y así podríamos incluir a todos los ancestros, que con su ejemplo, de modo consciente o inconsciente, nos han ido criando.

Hablo mucho con Vera sobre todo lo que estoy aprendiendo y al final de nuestras conversaciones siempre nos preguntamos: ¿llegará el día en que sea posible predecir en qué eslabón de la historia familiar comenzará a gestarse el futuro maltratador?

 

La negación de la identidad como identidad (El “hombre invisible”)

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Post escrito por Miguel Lorente y publicado originalmente en el blog del autor Autopsia

Cuando se comienza afirmando con una negación se suele terminar negando con afirmaciones que no son verdad, es la única manera de encajar la incongruencia de quien busca algo sin mirar a los ojos de la gente ni a la realidad social.

La masculinidad define que “ser hombre es no ser mujer”, y, claro, con ese principio no se puede ir muy lejos sin tropezar en las propias incongruencias de quienes niegan la evidencia con falsas afirmaciones que presentan a las mujeres como inferiores, incapaces, menos inteligentes, más perversas… para así situarse ellos en una posición superior y justificar los privilegios que disfrutan, no como una injusticia, sino como algo consecuente a unas diferencias que inventan y amplían hasta convertirlas en desigualdad social.

Lo que sorprende es que cuando se está dispuesto a elaborar toda una cultura desde esa visión masculina para organizar la sociedad y la convivencia dentro de ella, y cuando después se crean estructuras, partidos, instituciones… para defender su creación, al final se niegue esa posición ideológica y vital que da sentido a toda esa construcción que se aplica a diario y se reivindica cada día.

Es lo que ocurre con el machismo, que defiende toda su elaboración cultural y las identidades de hombres y mujeres definidas sobre ella (siempre con la condición masculina como referencia y pivote para todas las demás), pero luego sus protagonistas niegan ser machistas, incluso se muestran ofendidos cuando se dice que ese planteamiento que defienden y aplican es machismo. Ocurre igual, por ejemplo, con la derecha y la ultra-derecha, posiciones que comparten una serie de ideas, valores, creencias, estrategias, prioridades, visiones… dentro de un planteamiento conservador en el que los elementos y las propuestas alcanzan una mayor o menor intensidad, pero siempre dentro de esa posición ideológica de derechas, pero luego la niegan para decir que la derecha no es derecha, sino “centro-derecha”, y la extrema derecha no es extrema derecha, sino simplemente derecha, o sea, “centro-derecha”.

La situación es tan absurda que, además, la negación es múltiple, pues es desde esas posiciones conservadoras desde las que más se crítica la Igualdad y las políticas de género, lo cual conduce a una doble negación que lleva a muchos a no reconocerse como “machistas de derechas”, ni como “ultra-machistas de extrema derecha”, como luego se aprecia de forma nítida en sus planteamientos políticos y en su posicionamiento social. Y para que no parezca que lo son, como cuentan con el poder que les ha dado la historia, son capaces de crear otros espacios de disimulo para esconder sus planteamientos, por eso hablan de “masculinismo” en vez de machismo, o de “igualdad real” en lugar de Igualdad, o, como hemos indicado, de centro-derecha en vez de derecha.

Y como tercer paso de su estrategia, el primero es la “negación” y el segundo el “disimulo”, está el “ataque directo” a las ideas, posiciones y planteamientos que cuestionan su identidad ocultada. Y para ello intentan utilizar el mismo tipo de elementos que se dirigen de forma crítica hacia su posición, pero en sentido contrario. Esa es la razón para que desde el machismo hablen de “hembrismo” o que desde la derecha y la extrema derecha llamen a las posiciones progresistas como “extrema izquierda” o “izquierda radical”. Evidentemente, no se quedan ahí e incorporan otros calificativos a su ataque, como escuchamos a diario cuando hablan de “feminazis” o de “destructores de la patria, la familia, el orden natural”…

Es la estrategia que han impuesto quienes cuentan con espacios de poder: “negación, disimulo y ataque”. Primero niegan que ellos son lo que son, después, ante la evidencia de sus posiciones, ideas, prioridades… disimulan creando nuevos espacios que ayudan a camuflarlas y a confundir para que la normalidad creada sobre sus referencias continúe como tal. Y, finalmente, atacan de forma directa a las posiciones contrarias utilizando, paradójicamente, los argumentos críticos frente a las suyas pero en sentido contrario y agresivo.

Y todo ello sin reconocerse como machistas ni como de derechas o de extrema derecha. Si tan convencidos están de sus ideas y valores, ¿por qué no los reivindican con claridad y desde esas posiciones que tanta importancia tienen, según ellos, para el bien de la sociedad? No lo hacen porque saben que son posiciones injustas de poder desde las que se beneficia a una parte de la sociedad a costa de la otra, por eso entienden que las críticas cambiadas de signo son válidas como insulto y como ataque, porque su propia posición levantada sobre la desigualdad insulta y ataca a la convivencia y a la democracia. El ejemplo es claro, si no entendieran que “machismo” es una crítica basada en la realidad social, no intentarían utilizar “hembrismo” como ataque.

Es parte de la realidad-ficción que vivimos, mucho más sorprendente que la ciencia-ficción de las películas y novelas, pues en esta sociedad no hace falta desaparecer para ser “hombre invisible”. ¿Qué mayor negación de la realidad que esa?: lo que se ve es mentira, y lo que no se ve también.