Las múltiples formas del estrés de minorías

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Post escrito por Francisco Javier Olivas González

María es nueva en el trabajo y está algo nerviosa. Cualquier persona estaría nerviosa en su primer día en un nuevo trabajo, esto es normal, pero lo que María teme no es algo que tema todo el mundo: a ella le inquieta descubrir que podría ser rechazada (o incluso despedida) por la forma en la que se relaciona de manera afectiva y sexual. Es decir, teme el rechazo por ser lesbiana. Por lo tanto, experimenta angustia ante la posibilidad de que no sea bienvenida por ser lo que es. Esto es algo que no experimenta todo el mundo o, por decirlo de otra forma, es algo que no experimenta la población heterosexual. Ninguna persona heterosexual vive con el temor de ser rechazada o discriminada por sentir atracción sexual o relacionarse de forma afectiva con personas del sexo opuesto. La experiencia estresante de María durante su primer día de trabajo se corresponde con los que algunos autores (aunque destaca entre ellos Ilan H. Meyer, ver referencia al final de esta entrada) denominan estrés de minorías. La teoría del estrés de minorías propone que las personas que pertenecemos a una minoría sexual experimentamos un mayor riesgo de padecer problemas de salud en comparación a la población heterosexual. ¿Qué explica este fenómeno? Las personas LGB (lesbianas, gais y bisexuales) nos tenemos que enfrentar a un mayor estrés social debido a los prejuicios, el estigma, la discriminación y el rechazo que podemos sufrir por la mera pertenencia a una minoría, por tener una orientación sexual que no es la mayoritaria.

En esta entrada el objetivo es dar una pequeña muestra de cómo nuestra vida cotidiana es diferente y cómo hacemos frente a diario a experiencias que, en mayor o menor grado, resultan estresantes. Aquí van nuestras microhistorias de estrés de minorías:

Café, tostadas y un cepillo de barrer

Llevaba más de un mes sin tomarme un café con Ángeles, así que decidimos buscar un momento entre semana para encontrarnos y ponernos al día. Ella hablaba de sus alumnos y de lo contenta que estaba con su trabajo como docente, yo le decía que seguía en proceso de adaptación, que el cambio de cuidad era reciente, pero que estaba contento de haber vuelto a casa. De pronto, nos vimos obligados a prestar atención al ruido de fondo de la terraza de la cafetería en la que nos encontrábamos: dos niños, de unos 10 años, jugaban con un cepillo de barrer el suelo cuando un hombre que fumaba en compañía de otro soltó un «míralos, jugando con el cepillo, te van a salir maricones». Yo miré a los niños y deseé que no lo hubieran escuchado. Maricones por jugar con un cepillo de barrer. No supimos reaccionar, nos indignamos, pero no hicimos nada al respecto. Pagamos la merienda y nos marchamos. En el coche, la conversación sobre la desagradable anécdota fue más que necesaria. ¿Cuánto de machismo hay en la homofobia?

¿Pareja de hecho?

Julia y Raquel han decidido tomarse un helado y dejar de pensar en lo que acaba de pasar. Han visitado un piso en alquiler en el que estaban interesadas. El dueño de la propiedad ha explicado con detalle cuáles son las bondades de la casa, la tranquilidad del barrio y lo agradables que son los vecinos. Cuando han terminado el recorrido, el propietario ha preguntado si alguna de las dos estaba interesada. Se han apresurado a contestar que el piso no es para una de las dos, sino para las dos porque son pareja. «¿Pareja de hecho?», ha preguntado el dueño. Las dos mujeres se han apresurado a decir que no han formalizado su relación de ninguna manera, pero que ya viven juntas. El tono del resto de la visita ha cambiado y ahora no tienen claro si el motivo de este cambio se debe a una pura cuestión de homofobia.

Eso es para maricones

Rafa entrena fuerza en el gimnasio al menos tres veces por semana. Ha dejado de hacerlo por estética, ahora lo considera un rato que le sirve para desconectar y despejarse. En los últimos meses va mal de tiempo libre porque está acabando la carrera y, entre las asignaturas, las prácticas y el trabajo fin de grado, le resulta complicado encontrar un buen momento para escaparse y hacer algo de deporte. Hoy ha decidido hacer sentadillas, le gusta la sensación de cansancio posterior a entrenar piernas. Ha colocado la barra en la estructura que hay disponible para el entrenamiento con peso libre y ha añadido las primeras pesas a ambos lados. El monitor, con el que además se lleva muy bien, se ha acercado y ha iniciado una conversación típica de gimnasio. En un determinado momento, le ha preguntado si necesita la almohadilla que protege la espalda del tacto duro de la barra y Rafa ha contestado que no, que prefiere entrenar con el contacto directo de la barra porque así mantiene mejor el equilibrio. «Bien, sin almohadilla, eso es para maricones» ha dicho el técnico de sala a modo de cumplido sin ser consciente de la bofetada que acaba de propinarle a Rafa.

 

Paula y los italianos

Paula está en clase, gira la cabeza y barre el aula con la mirada desde la última fila y, aunque alguna que otra cara le resulta familiar, constata que ninguna de sus amigas ha elegido la misma materia que ella. «¿Puedo sentarme?» pregunta alguien de repente mientras señala con el dedo el asiento que hay a su lado; Paula se gira hacia la persona que se ha dirigido a ella y responde automáticamente que sí, que sin problema. Se trata de una chica Erasmus que se dispone a presentarse aprovechando los minutos que tarda el profesor en llegar. Le explica que es italiana, que lleva poco tiempo en la ciudad y que se está adaptando a su nueva vida de estudiante de intercambio. Tiene un buen nivel de español porque lo ha estudiado durante algunos años en Italia y, entre otras cosas, Paula le pregunta qué asignaturas tiene. La chica enumera con cierta dificultad los nombres y Paula le indica que ha cursado la mayoría de ellas y que, si necesita sus apuntes, solo tiene que darle un correo electrónico para que se los mande. En un folio, la joven apunta su correo, da las gracias e invita a Paula a una barbacoa esa misma tarde y le explica que habrá muchos erasmus guapos por allí. Paula no reprime la respuesta y explica que es lesbiana. Se genera un silencio incómodo y el corazón de Paula se acelera. Entra el profesor y las dos alumnas se recolocan en sus asientos para prestar atención a la presentación de la asignatura, pero Paula no deja de sentirse incómoda y de rumiar la posibilidad de que su nueva amiga no tenga un buen concepto de su homosexualidad.

Estas cuatro historias ilustran cómo las minorías sexuales nos enfrentamos a situaciones que pueden resultar estresantes porque nos acercan a experiencias que valoramos como potencialmente peligrosas o porque nos recuerdan que una parte de la sociedad sigue teniendo un concepto negativo de lo que somos. El estrés está ahí fuera y adopta múltiples caras. La homofobia puede ser brutal cuando toma la forma de una agresión verbal o física, pero esto no quiere decir que esas sean las únicas manifestaciones violentas que experimentamos. Tal y como defiende la teoría del estrés de minorías, hay otra serie de eventos estresantes que tenemos que enfrentar a diario por el mero hecho de tener una orientación sexual minoritaria.

Referencia:

Frost, D. M., Lehavot, K. & Meyer, I. H. (2015). Minority stress and physical health among sexual minority individuals. Journal of behavioral medicine, 38(1), 1-8.

 

 

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