Cuerpos que no importan

Post escrito por Juana M. Olmedo Cardenete. Secretaría General UGR

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El sexo, ¿es una marca o un dato indeleble de la biología?

Judith Butler

Cuerpos que importan

La mujer y el edadismo

            El envejecimiento es un proceso natural que afecta a hombres y mujeres, indeseable porque va asociado a un deterioro de las facultades físicas y mentales, cuyo inicio no está fijado específicamente porque no todas las personas envejecen de la misma forma.

            El prestigio social de los varones y las mujeres cambia con la edad. Las mujeres ostentan un estatus más bajo debido a que tradicionalmente no han tenido ni el acceso ni la oportunidad de controlar los recursos económicos; han tenido una difícil o imposible realización profesional. Para el hombre, las arrugas no plantean demasiados problemas, ya que su prestigio se centra sobre todo en la personalidad, experiencia, reconocimiento social y poder económico. Un hombre con canas se ve como “interesante”, mientras una mujer canosa se ve como “vieja” (peyorativo).

            La mujer ha intentado contrarrestar este aspecto tradicionalmente con el atractivo sexual, su apariencia, su atractivo físico, por lo que experimenta situaciones de ansiedad al temer la pérdida de este atractivo, recurriendo en muchos casos a complicados tratamientos, operaciones e intervenciones quirúrgicas para mejorar su apariencia externa.

            Así pues, las mujeres mayores representan el grupo con el prestigio más bajo de la sociedad. El envejecimiento es especialmente dramático para ellas, porque su imagen es valorada según conserve sus rasgos físicos y corporales de esbeltez, firmeza, agilidad, etc., se vuelve “invisible” para la sociedad.

            Se ha acuñado el término “edadismo” para hacer referencia a la discriminación que se ejerce hacia las personas mayores en un mundo en el que predominan los valores de juventud, favorecido por el tratamiento que realizan los medios de comunicación que amplifican y perpetúan comportamientos sociales discriminatorios, que, en situaciones extremas, llegan al maltrato. En este colectivo, a menudo despreciado, relegado e infantilizado, la mujer resulta doblemente perjudicada.

            ¿Quién cuida de nuestros mayores?

            Según datos del Ministerio de Sanidad, Servicios Sociales e Igualdad, hay en España unos 350.000 cuidadores de personas mayores y dependientes, de los cuales un porcentaje alto (entre el 60 y el 90%), son mujeres. Esto es debido a que continúa vigente el esquema tradicional que asocia los valores femeninos al cuidado no solo de personas mayores, sino de cualquier edad (niños, enfermos, etc.) con el consiguiente deterioro de este colectivo que agota su tiempo y su salud en esta ardua, ingrata y poco reconocida tarea. Hay una construcción social de un rol de cuidadora en las mujeres, asumido en el proceso de socialización, y derivado también de la existencia de una cierta presión social sobre la población femenina para que cumpla con un determinado papel (tener pareja o casarse, tener hijos,…) que implica tareas de cuidados.

            Los hombres, que posiblemente tienen un vínculo sentimental o emocional más débil con la familia, no se implican mucho en estas cuestiones (apenas un 5%), y en el escaso porcentaje en que lo hacen, solo asumen esta tarea cuando no hay ninguna mujer disponible.

            ¿Mujer contra mujer?

            En las sociedades occidentales actuales, las mujeres, ya incorporadas al mercado laboral, en numerosas ocasiones contratan a otras mujeres para realizar estas tareas; muchas inmigrantes ocupan esos quehaceres, la mayoría de origen latino (ínclitas razas ubérrimas, que llamó Rubén Darío en su Salutación al Optimista). Ya sea en las casas, ya en centros especializados (residencias, centros de día), son las mujeres las que “cargan” con la mayor parte del cuidado de nuestros mayores, a veces mal remuneradas, en ocasiones sin cobrar.

            Así, la revolución sexual y la mejora de oportunidades laborales para la mujer se hace muy difícil en este colectivo, y también depende ahora de fronteras (mujeres explotando a mujeres), viéndose dificultada por las políticas sociales insuficientes, y el tema de las pensiones como arma arrojadiza.

            La culpa

            La culpa es uno de los mayores y más eficaces mecanismos coercitivos de control social, político, etc., que se eleva sobre el egoísmo masculino. Es un sentimiento que produce temor, intranquilidad, desasosiego, un condicionamiento tácito de género para las mujeres y está inserto en las mitologías, ideologías y religiones y en lo que Jung denominó “inconsciente colectivo”.

            En el caso de las inmigrantes, en su mayoría, perciben que han abandonado a la familia en su país de origen y ahora están aquí cuidando de unos niños o unos ancianos que no son los suyos. Este sentimiento de culpabilidad se mezcla también con la obligación, con la necesidad de hacer este trabajo para mejorar la situación familiar.

            En definitiva, las mujeres, que asumen en principio las tareas de forma transitoria, se ven obligadas a posponer sus proyectos profesionales y de vida, en muchos casos ambiciosos, sobre todo cuando se trata de universitarias o mujeres que han pasado por la universidad. Si la situación se prolonga en el tiempo, reducen su jornada laboral o a veces renuncian a sus trabajos, o abandonan sus planes de futuro definitivamente, como “sueños inacabados”.

…”sueños inacabados. /Al final, casi vacías las manos, / te preguntas/en qué momento se te fue la vida, / se te sigue yendo, / como un hilo de agua/entre los dedos” (Meira Delmar)

            A pesar de todas las transformaciones que se han venido produciendo, el reconocimiento legal, los derechos conquistados, no han supuesto un cambio significativo en el modelo de organización social, que continúa sustentado en la división sexual del trabajo y en la separación entre lo público y lo privado fruto de la tradición y la cultura patriarcal.

            La tarea de sensibilización de la sociedad es doble: concienciar a la mujer de que su papel es producto de una construcción imaginaria a base de tópicos, metáforas, mitos creados por los hombres y exigirle al hombre una revisión profunda de sus perspectivas.

           

“Si somos iguales, seremos más libres” (Simone de Beauvoir)