Hombres Trump

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Post escrito por Miguel Lorente y publicado originalemten en el blog del autor, Autopsia.

Donald Trump no es una excepción ni tampoco un hombre raro, tan sólo es un hombre normal que hace y dice lo que muchos hombres normales dicen y hacen en el contexto donde cada uno de ellos se relaciona.

Los comentarios sexistas de Trump y su manera de presentarse ante el resto de amigos como un “hombre capaz”, es la forma habitual en que muchos hombres hablan de las mujeres que están cerca de ellos, y a las que consideran en una posición inferior por ser mujeres y por estar situadas en una estructura de relación jerárquica donde ellos mandan: lo hacen empresarios con empleadas, directivos con secretarias, profesores con alumnas, chavales de fiesta con chavalas en las fiestas… Cuando las circunstancias permiten a los hombres interpretar que se encuentran en una posición de superioridad por ser hombres, por el cargo, o porque el espacio les pertenece, aunque en realidad no sea así, la idea de las mujeres como objetos que pueden usar se potencia de manera exponencial a la interacción de esos tres elementos (hombre, jerarquía, espacio), tanto más cuanto mayor sea ese factor objetivo de poder.

Y cuando esa superioridad se construye sobre el dinero y la política, la sensación de poder para hacer lo que uno quiera, que refleja Donald Trump en sus palabras de vestuario de hombres, es absoluta; porque dinero y poder político son dos elementos objetivos de poder en nuestra sociedad en cualquier circunstancia, no sólo para determinados contextos.

Por eso lo de Donald Trump no es una excepción, todo lo contrario, es parte de la normalidad que cada hombre une a su espacio de relación de manera diferente en razón de sus circunstancias y posibilidades, es cierto que lo hacen con hechos distintos en cada ocasión, pero el significado en todos esos espacios es el mismo. Cuando Trump dice que si eres “rico y famoso” puedes hacer lo que quieras con una mujer, lo que está diciendo no es que puedes hacer lo que quieras con cualquier mujer, sino que siempre encontrarás una mujer para hacer con ella lo que quieras. Es lo mismo que ocurre con el profesor y las alumnas, con el empresario y las empleadas o el directivo con las secretarias; no será con cualquier alumna, empleada o secretaria, pero parten de la base que siempre habrá alguna mujer en esos espacios de relación con la que hacer lo que ellos quieran en virtud de su posición como hombres jerárquicamente superiores. Por eso el machismo ha creado una cultura que permite establecer una estructura de desigualdad y complicidad desde la que poder desarrollar conductas de acoso y abuso generalizadas sobre las mujeres, hasta alcanzar objetivos particular en una determinada mujer del grupo acosado. Y de ahí las trampas para que la cosificación de las mujeres continúe, incluso jugando para que sean ellas mismas las que decidan hacerlo, como antes lo ha hecho para aceptar la violencia y la discriminación como algo normal.

Si no existiera esa normalidad cómplice basada en lo que la cultura machista ha interpretado como parte de la habitualidad, no sería posible que las palabras de Trump resultaran creíbles ni que el acoso formara parte de la realidad como parte de esas estructuras masculinas de relación en el trabajo. Del mismo modo que tampoco sería posible que en mitad de las calles de una sociedad machista las mujeres aún tengan que soportar el hostigamiento de los piropos y el abuso de los rozamientos y tocamientos en los autobuses, el metro, las colas y en cualquier lugar donde la aglomeración de gente permita a los hombres camuflar su intención. El diseño resulta tan eficaz que cuando se denuncian estas conductas se vuelven contra las mujeres que las sufren por exageradas, por provocadoras o por mentirosas.

Por eso el poder da poder, porque cuanto más poder se tiene, y Trump tiene mucho poder, como el profesor en la universidad, el empresario en su empresa, el directivo en el consejo… más difícil resulta creer que el abuso se ha producido, no por la integridad del hombre con poder, sino por la cosificación de las mujeres que la propia cultura crea junto a los estereotipos apuntados alrededor de la maldad, la provocación, la manipulación… El razonamiento que se hace cuando se conocen casos de abuso en estas circunstancias cuestiona su realidad, y sitúa la culpa en las mujeres mediante el encumbramiento del hombre. El argumento viene a ser algo así como que “la mujer, la alumna, la trabajadora, la secretaria…” lo ha denunciado falsamente (algo propio de la perversidad de las mujeres), porque un hombre con ese poder (Trump, el profesor, el empresario, el directivo…) puede tener a cualquier mujer sin necesidad de acosar a ninguna.

El diseño es perfecto porque está preparado para que el acoso, el abuso y la violencia se produzcan en contextos de relación donde los hombres por ser hombres cuentan con esa superioridad cultural de entrada, a la cual se unen las estructurales del contexto y las sociales del reconocimiento que la misma cultura propicia.

Si toda esa construcción no formara parte de esa estructura machista que da reconocimiento y prestigio como hombres a aquellos que llevan a cabo estas conductas, no habría necesidad de contarlo en un vestuario de hombres, en un café con hombres, o antes de empezar una reunión de hombres; ni de hacer vídeos y difundirlos para que otros hombres los vean. Todo forma parte de la ruta masculina de reconocimiento y confirmación que demuestra de lo que algunos hombres son capaces para que otros sigan el camino trazado por ellos.

En el fondo, ese tipo de conductas no son muy diferentes a lo que cada día sucede a través del Whatsapp por medio de mensajes referentes al sexo y a las mujeres que comparten muchos grupos de hombres. Es cierto que en esos envíos y en las imágenes que muestran no son ellos los protagonistas, pero sí lo son del relato que cuentan a partir de ellas.

Trump no es una excepción, quizás sería bueno recordar lo que dijo otro hombre “rico y famoso de la política” que se comportó de manera similar. Me refiero a Silvio Berlusconi cuando descubrieron las fiestas que montaba en su finca de Villa Certosa con otros hombres ricos y famosos de la política. Berlusconi fue muy elocuente al decir, “en el fondo, los italianos quieren ser como yo”. Lo triste es que tenía razón.

Pero también somos muchos los hombres que no pretendemos ser como ellos y que creemos que la Igualdad nos hace mejor como hombres, y sobre todo, hace mejor a una sociedad donde la convivencia se base en el respeto, la Paz y la Igualdad. Conseguirlo exige decir no al machismo y decir sí a la Igualdad y al feminismo.

. El 21 de octubre se celebra en Sevilla una marcha de los grupos de Hombres por la Igualdad y se conmemora el décimo aniversario de aquella primera manifestación en la que muchos hombres abandonaron el silencio y la pasividad para trabajar y comprometerse con la Igualdad y contra las imposiciones del machismo. Os esperamos

Ni contigo ni sin mí

cojaLa belleza también puede ser oscura

Post escrito por Jordina Pastó y publicado originalmente en el blog de la autora: https://unviajemocional.wordpress.com/

Ya no es un contigo si es un sin mí. Ya no hay un nosotros si tú no estás aquí. Por eso dile dónde estás a mi corazón, que desde que entré en el laberinto de tu confusión lo perdí a él, y también nuestro latir.

Y es que entre tanta perdición también perdí algo más, perdí la cuenta de tanto cuento, la perdí y no me di ni cuenta. Y en este cuento que ya nada cuenta todo lo que te presté estuvo de vuelta.

De vuelta estuvo mi piel, que se la presté a un contigo y me la devolví a un sin ti. Le presté mis labios, mi tiempo y mis sentimientos que los tuve de vuelta cuando tú dejaste de prestármelos a mí.

Y en ese dejar de estar y de venir se quedó una esperanza a medio sentir al compás de un latido que quedó sin vivir. Y sin vivir me quedé, cuando seguía tus huellas a pesar de saber que al final tú nunca estarías ahí de pie.

Con la emoción desencajada y en la memoria unas risas olvidadas, mi rostro mostró una sonrisa helada. Una sonrisa que nació a medias, una parte que era mía y la otra que te la llevaste tú. Esa sonrisa mía que a veces fue tan tuya. Porque ya sabes, a esta sonrisa le pasó como a mi felicidad, sólo sabías dármela tú.

También te llevaste las palabras y dejaste los silencios esos que chillaban por las noches y dejaban los sueños rotos. Te llevaste un futuro y dejaste mi presente apostando a todo o nada. Todo por nosotros y nada por mí. Y hasta por llevarte, te llevaste una idea, esa que creía que lo nuestro sería eterno. En cambio dejaste ese espacio que quedó entre tú y mi estado emocional. Ese todo fraccionado en una mitad, una parte muy fría y la otra sentimental.

Ya no es un contigo si es un sin mí. Porque de esos pedazos rotos que quedaron de mí, descubrí algo nuevo con lo que logré unir. Unos trozos de una asimetría emocional, desgastada por la lucha y olvidada por haberla dejado llevar. Por suerte en la construcción de un nuevo latir me asombró que tras tu ida me dejaste a mí. A mí y un yo conmigo misma, en eso fue en lo que me convertí.

Te fuiste tú con nuestros sentimientos desgastados, pero me quedé yo con unos momentos curados. Curados mis recuerdos y curada yo. Curadas mis ilusiones y curada yo. Curada yo, y mi vida también.

Por eso, tras esta guerra emocional, gobernada mi vida por la razón, la democracia votó a favor de la ilusión. Una ilusión que se convirtió en amor, amor por una misma. Por los sueños que quedaban por cumplir, por los retos que quedaban por abatir, por los momentos que quedaban por vivir.

Y tras esta batalla sentimental a mi felicidad le pasó como a mi respirar, soy yo quien me la da.

Recuerda entonces, échale valor o échale imaginación pero si empiezas sin un contigo acabarás con un sin ti. Por eso empieza por creerte, que tú eres más verdad que todas las mentiras creídas y sigue por amarte a ti también, que amarse a uno mismo será empezar a amar por encima de todas las cosas. Porque descubrir el amor propio es descubrir un amor incondicional.

Como tú mujer

Poema escrito por Francisca López Soler.
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Como tú mujer.

Conozco el dolor en los labios.
La derrota en las manos.
La humillación en los pasos.
La ira en los ojos.
La soledad en la lágrima.
La fragilidad en el orgullo.
El peso en el miedo.
La sangre en el agua.
La falsedad en la sonrisa.
El frío en los huesos.
Mi cuerpo en el suelo.

Como tú mujer.

Soy fuerza en la boca.
Victoria en la carne.
Fuerza en la calle.
Serena en la mirada.
Fuerte en el abrazo.
Libre en el aire.
Ligera en los intentos.
Agua en el agua.
Carcajada azul.
Calor de verdad como en tu nombre.

Como tú mujer.

Resisto y me alejo.
Renazco.
Me hago de mí misma.

Cuerpos que no importan

Post escrito por Juana M. Olmedo Cardenete. Secretaría General UGR

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El sexo, ¿es una marca o un dato indeleble de la biología?

Judith Butler

Cuerpos que importan

La mujer y el edadismo

            El envejecimiento es un proceso natural que afecta a hombres y mujeres, indeseable porque va asociado a un deterioro de las facultades físicas y mentales, cuyo inicio no está fijado específicamente porque no todas las personas envejecen de la misma forma.

            El prestigio social de los varones y las mujeres cambia con la edad. Las mujeres ostentan un estatus más bajo debido a que tradicionalmente no han tenido ni el acceso ni la oportunidad de controlar los recursos económicos; han tenido una difícil o imposible realización profesional. Para el hombre, las arrugas no plantean demasiados problemas, ya que su prestigio se centra sobre todo en la personalidad, experiencia, reconocimiento social y poder económico. Un hombre con canas se ve como “interesante”, mientras una mujer canosa se ve como “vieja” (peyorativo).

            La mujer ha intentado contrarrestar este aspecto tradicionalmente con el atractivo sexual, su apariencia, su atractivo físico, por lo que experimenta situaciones de ansiedad al temer la pérdida de este atractivo, recurriendo en muchos casos a complicados tratamientos, operaciones e intervenciones quirúrgicas para mejorar su apariencia externa.

            Así pues, las mujeres mayores representan el grupo con el prestigio más bajo de la sociedad. El envejecimiento es especialmente dramático para ellas, porque su imagen es valorada según conserve sus rasgos físicos y corporales de esbeltez, firmeza, agilidad, etc., se vuelve “invisible” para la sociedad.

            Se ha acuñado el término “edadismo” para hacer referencia a la discriminación que se ejerce hacia las personas mayores en un mundo en el que predominan los valores de juventud, favorecido por el tratamiento que realizan los medios de comunicación que amplifican y perpetúan comportamientos sociales discriminatorios, que, en situaciones extremas, llegan al maltrato. En este colectivo, a menudo despreciado, relegado e infantilizado, la mujer resulta doblemente perjudicada.

            ¿Quién cuida de nuestros mayores?

            Según datos del Ministerio de Sanidad, Servicios Sociales e Igualdad, hay en España unos 350.000 cuidadores de personas mayores y dependientes, de los cuales un porcentaje alto (entre el 60 y el 90%), son mujeres. Esto es debido a que continúa vigente el esquema tradicional que asocia los valores femeninos al cuidado no solo de personas mayores, sino de cualquier edad (niños, enfermos, etc.) con el consiguiente deterioro de este colectivo que agota su tiempo y su salud en esta ardua, ingrata y poco reconocida tarea. Hay una construcción social de un rol de cuidadora en las mujeres, asumido en el proceso de socialización, y derivado también de la existencia de una cierta presión social sobre la población femenina para que cumpla con un determinado papel (tener pareja o casarse, tener hijos,…) que implica tareas de cuidados.

            Los hombres, que posiblemente tienen un vínculo sentimental o emocional más débil con la familia, no se implican mucho en estas cuestiones (apenas un 5%), y en el escaso porcentaje en que lo hacen, solo asumen esta tarea cuando no hay ninguna mujer disponible.

            ¿Mujer contra mujer?

            En las sociedades occidentales actuales, las mujeres, ya incorporadas al mercado laboral, en numerosas ocasiones contratan a otras mujeres para realizar estas tareas; muchas inmigrantes ocupan esos quehaceres, la mayoría de origen latino (ínclitas razas ubérrimas, que llamó Rubén Darío en su Salutación al Optimista). Ya sea en las casas, ya en centros especializados (residencias, centros de día), son las mujeres las que “cargan” con la mayor parte del cuidado de nuestros mayores, a veces mal remuneradas, en ocasiones sin cobrar.

            Así, la revolución sexual y la mejora de oportunidades laborales para la mujer se hace muy difícil en este colectivo, y también depende ahora de fronteras (mujeres explotando a mujeres), viéndose dificultada por las políticas sociales insuficientes, y el tema de las pensiones como arma arrojadiza.

            La culpa

            La culpa es uno de los mayores y más eficaces mecanismos coercitivos de control social, político, etc., que se eleva sobre el egoísmo masculino. Es un sentimiento que produce temor, intranquilidad, desasosiego, un condicionamiento tácito de género para las mujeres y está inserto en las mitologías, ideologías y religiones y en lo que Jung denominó “inconsciente colectivo”.

            En el caso de las inmigrantes, en su mayoría, perciben que han abandonado a la familia en su país de origen y ahora están aquí cuidando de unos niños o unos ancianos que no son los suyos. Este sentimiento de culpabilidad se mezcla también con la obligación, con la necesidad de hacer este trabajo para mejorar la situación familiar.

            En definitiva, las mujeres, que asumen en principio las tareas de forma transitoria, se ven obligadas a posponer sus proyectos profesionales y de vida, en muchos casos ambiciosos, sobre todo cuando se trata de universitarias o mujeres que han pasado por la universidad. Si la situación se prolonga en el tiempo, reducen su jornada laboral o a veces renuncian a sus trabajos, o abandonan sus planes de futuro definitivamente, como “sueños inacabados”.

…”sueños inacabados. /Al final, casi vacías las manos, / te preguntas/en qué momento se te fue la vida, / se te sigue yendo, / como un hilo de agua/entre los dedos” (Meira Delmar)

            A pesar de todas las transformaciones que se han venido produciendo, el reconocimiento legal, los derechos conquistados, no han supuesto un cambio significativo en el modelo de organización social, que continúa sustentado en la división sexual del trabajo y en la separación entre lo público y lo privado fruto de la tradición y la cultura patriarcal.

            La tarea de sensibilización de la sociedad es doble: concienciar a la mujer de que su papel es producto de una construcción imaginaria a base de tópicos, metáforas, mitos creados por los hombres y exigirle al hombre una revisión profunda de sus perspectivas.

           

“Si somos iguales, seremos más libres” (Simone de Beauvoir)

Un escote excesivo

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  • Post escrito por Miguel Lorente y publicado originalmente en el blog del autor.

Un profesor considera que el escote de una alumna es excesivo (Comentario sexista de un profesor de la USC), un novio piensa que la minifalda de su chica es excesiva, un marido afirma que el tiempo que su mujer pasa fuera de casa es excesivo… pero no sólo se trata de lo que piensan, sino de lo que imponen a esas mujeres bajo la amenaza de que de no hacer lo que ellos dicen habrá consecuencias.

Esa es una de las claves del machismo: la indefinición sometida a interpretación, y la interpretación depositada en cada uno de los hombres que se enfrentan a las distintas situaciones. De ese modo se garantiza que el resultado siempre sea correcto para los intérpretes, y para la sociedad que ha depositado en ellos esa capacidad de interpretar y dar sentido a la realidad.

El escote no es alto o bajo, como la falda no es corta o larga, ni el tiempo fuera de casa es mucho o poco, simplemente son “excesivos”. Y lo son para quienes lo afirman, por lo cual no hay contra-argumentación posible; ni la alumna puede decir que su escote está dentro del rango aceptado por la moda, ni la novia puede tirar de cinta métrica para callar al novio, como tampoco la mujer puede recurrir a los usos horarios para justificar su tiempo. Cada uno de los hombres tiene razón porque la referencia son ellos y la cultura que ampara este tipo de conclusiones.

Si todos esos hombres no se sintieran respaldados por la “normalidad” de una cultura que lleva a cuestionar las conductas de las mujeres que ellos escenifican, no darían ese paso para manifestarlo públicamente y para exigir una modificación en su nombre. Porque esa es la otra parte de la trampa de la cultura machista, hacer de la conducta individual de esos hombres algo común, no dejarlo en una cuestión personal, para que ante el conflicto se recurra a la referencia social como juez. Con esa táctica la estrategia no puede fallar, porque la sociedad siempre dará la razón a quien actúa a la sombra de lo que la cultura establece.

Puede pensarse que todo esto es una ruta demasiado revirada y confusa, pero es el camino directo que utiliza el machismo a diario para imponer sus ideas, valores, principios, creencias… como normalidad y, por tanto, aplicables a hombres y a mujeres según el reparto de papeles asignado.

Si no fuera de ese modo no se podrían producir 700.000 casos de violencia de género cada año sin que el 80% de ellos sea denunciado, entre otras cosas, como afirma el 44% de estas mujeres, porque la violencia sufrida “no es lo suficientemente grave”, o sea, “no es excesiva” (Macroencuesta, 2015). Y tampoco las mujeres serían las víctimas de la brecha salarial, ni liderarían las tasas de desempleo, ni menos aún estarían sobrerrepresentadas en los grupos de pobreza y analfabetismo. Ninguna de estas injusticias se considera “excesiva”, más bien lo contrario, y lo que algunos entienden como un exceso inaceptable, es el cambio que se está produciendo para alcanzar una Igualdad que borre los defectos de las democracias levantadas sobre la desigualdad.

Ni una sola de estas situaciones son un accidente o un error, no lo son los excesos del machismo ni tampoco la idea de “Igualdad como exceso”. Todo forma parte de este tiempo de transición que hace pensar a algunos que la noria de la historia les devolverá la desigualdad inicial, del mismo modo que los tiranos aún esperan la dictadura y los racistas el apartheid y la segregación racial.

Lo vemos en las respuesta ante cada uno de los episodios, desde el sempiterno argumento de la provocación de las mujeres, sea con un escote, una falda o una decisión, hasta la reducción al absurdo para aplicar la teoría de la “pendiente resbaladiza”, y hablar de que de seguir así llegará un momento en que las mujeres irán desnudas a clase, a trabajar o a pasear. Un planteamiento que no es nada inocente, pues una vez que se concluye que la polémica ocurrida tras la corrección del profesor, del novio, del marido, o de quien corresponda en cada situación, es absurda, el siguiente paso de la estrategia es presentar a esos hombres como víctimas. Víctimas de un escote, de una falda, de una decisión o de una indecisión… da igual, al final todo es un complot de las mujeres contra los hombres.

Y puede parecer extraño, pero tiene sentido. Presentarse como víctimas consigue un doble efecto, por un lado desvía la atención del problema original, y por otro, presenta lo ocurrido como un ataque que justifica la respuesta agresiva o violenta sin que se vea excesiva, más bien lo contrario, bajo estas circunstancias se entenderá normal y proporcionada.

Todo encaja en el mecano de la cultura machista, unas veces en los huecos reservados para cada pieza, otras a la fuerza o a golpes, pero al final no hay piezas sueltas.

Mientras que la cultura sitúe a los hombres y lo masculino como jueces y parte, todo lo excesivo, lo insuficiente, lo largo, lo corto, lo grande, lo pequeño, lo rápido, lo lento, lo correcto, lo incorrecto, lo bueno, lo malo, lo aceptable, lo inaceptable… dependerá de lo que algunos decidan a partir de las referencias de esa cultura patriarcal. Es lo que hemos visto, en otro orden de cosas, en la respuesta ante un espectáculo de títeres en una plaza de Madrid, y con la protesta de Rita Maestre en la capilla de la Complutense.

Cuando la indefinición se somete a la interpretación siempre gana el poderoso. Y en una cultura machista quien tiene el poder son los hombres, un poder que expresan a través de sus ideas, valores, creencias… sin que nadie nunca lo haya considerado excesivo.

San Valentín hace trampas

  • Post escrito por Carolina Martín Martín. Unidad de Igualdad UGR.

¿Qué precio estamos dispuestas a pagar por el amor? ¿A qué renunciaríamos y a cambio de qué? ¿Es desleal la publicidad sobre las relaciones amorosas?

En esta sociedad capitalista en la que nuestra existencia gira en torno a los mercados, esos lugares donde todo es susceptible de ser comprado y vendido por unas monedas, y que ocupan la posición central desde donde se organizan el resto de esferas de la vida, no es de extrañar que se nos venda un amor socialmente construido sobre la base de unos mitos heredados de un modelo nacido en el s. XVIII con el romanticismo.

La realidad muestra que lo único que provocan estos mitos cuyas cadenas aún arrastramos es frustración y desengaño, pues nada tienen que ver con nuestro día a día. De ese modo se configura todo un sistema de control que no hace más que perpetuar el orden social establecido, y por tanto las relaciones de poder entre sexos a través de la reproducción de roles y estereotipos basados en unas creencias, que por mitificadas, son falsas.

Y es que, siguiendo los designios del capitalismo patriarcal y auspiciado por el romanticismo de película Disney, Cupido nos envía flechas de machismo encubiertas para que sigamos esperando a nuestra media naranja, esa persona que tenemos predestinada, que vendrá a completarnos y con la que “viviremos felices y comeremos perdices”, pues es la única posible. Nos frustramos si esa persona no llega y nos comparamos angustiados con las naranjas que viven felices en su burbuja de amor, donde son “tal para cual, la pareja ideal”. De esta manera, no relacionamos los celos con el control y la posesión, sino que creemos que son una muestra de amor que no identificamos con la dependencia emocional y la pertenencia.

Pero como “el amor es omnipotente y todo lo puede”, nos seguimos embarcando en relaciones tóxicas donde es aceptable excusar determinados comportamientos, aguantar y esperar a que el otro cambie, puesto que el ancla está enganchada en los pasionales meses del comienzo de la relación, y confiamos en que perdure y se convierta en amor eterno. Y si surge alguna duda, la deriva nos lleva hasta el acantilado de una cultura y una sociedad que nos hacen creer que las emociones y sentimientos son irracionales e incontrolables, y nada podemos hacer para cambiarlos.

De esta manera, seguimos comprando y por tanto consumiendo, como parte de esas necesidades inventadas por los medios de comunicación de masas, un modelo de amor elevado a los altares en los cuentos de príncipes azules y princesas rosas, cuentos que luego continúan su recorrido en forma de historias a través del cine, de relatos mudos de papel y canciones a todo volumen.

Así lo hemos visto hace unos días con “La Suerte de Quererte”, un corto de El Corte Inglés que llamaba amor a las relaciones de pareja basadas en el control, la posesión y los celos, cuando en realidad era una demostración de violencia machista.

Nuestra identidad se configura en parte a través de la incorporación de estas creencias mitificadas en forma de mensajes amorosos, que pasan a formar parte del imaginario colectivo. Son ideas que llegan hasta el inconsciente y quedan arraigadas e interiorizadas, y en consecuencia normalizadas. Al percibirlas como “lo normal” las confundimos con “lo natural”, y de esta manera las aceptamos sin más, sin ni siquiera cuestionarlas. De hacerlo generaría duda y por tanto crítica, lo cual llevaría a la toma de conciencia y posiblemente al camino hacia el cambio.

Son demasiadas las trampas que se han colocado en el camino hacia el amor. Por eso no es de extrañar que una de cada tres personas jóvenes (15-29 años), no identifique los comportamientos de control y sean más tolerantes que la población adulta con este tipo de conductas (Estudio Percepción y Violencia de Género en la Adolescencia y la Juventud, 2015).

Como dice Coral Herrera “este modelo de amor idealizado y cargado de estereotipos  aprisionan a la gente en divisiones y clasificaciones perpetuando así el sistema jerárquico, desigual y basado en la dependencia de sus miembros”.

La peligrosa distancia entre la idealización del amor romántico y la realidad de nuestra cotidianeidad provoca conflictos de difícil solución, pues un amor así no es amor, es dependencia, es necesidad, es miedo a la soledad, es daño innecesario, es engaño, es una trampa. Es todo eso, pero no es amor.

¿Y cuál es el precio de todo esto?

La respuesta es sencilla. Como consecuencia de este modelo de amor se construyen relaciones desiguales y asimétricas, que actúan como caldo de cultivo para que germinen las raíces de la violencia de género. No por casualidad, según los datos de la OMS (2013), el 30% de las mujeres sufrirán violencia de género por parte de sus parejas en algún momento de su vida.

Y todo ello en nombre del amor.

Los 61 hombres que asesinaron el año pasado a sus parejas dijeron estar enamorados de ellas, muchos celebraron San Valentín a la luz de las velas, algunos hicieron promesas de amor eterno… pero todos terminaron quitándoles la vida.

Algo falla en este modelo de amor, ¿no crees?

 

El Rey del Carnaval

  • Post escrito por Jodina Pastó Ardite, alumna de máster de la Universidad de Granada.

Llega el Carnaval y llega el festival. Llega esa fiesta en la que se trastorna el orden establecido, en la que se sacude la realidad para mutarse en alegría, color, diversión y música por doquier. Llega la agitación y la celebración.

En Carnaval se nos invita a transformarnos, mutarnos y cambiar de personalidad, aunque algunos se deben pensar que esta fiesta tiene 365 días ya que son expertos en disfrazar sus actitudes sexistas y camuflar sus conductas machistas. Aunque el machito se vista de seda…machito se queda y no nos vayamos a pensar que por mucho que los hombres se disfracen de mujer nos van a entender más. Es más, ¿acaso disfrazarse es sinónimo de empatizar con el sujeto disfrazado? Pues resulta que no, que además de no interiorizar esta nueva identidad es todo lo contrario. Sus disfraces de mujeres recaen en la imagen sexista, de chicas con poca ropa, llevando tangas y si cabe, pechos postizos, al aire libre, claro. Pero tacones, ah no, tacones no… qué sufrimiento ¿verdad? Nos vamos a reír de ellas pero no vamos a llegar al extremo de poner nuestra noche en riesgo, tan femeninas, no serán esta noche. Pero este hecho de transformación del hombre “hecho” mujer no es más que un juego que les da morbo, total es una exhibición de la ridiculización…

Además, percibiendo el ancho abanico de posibilidades de transformación de esta peculiar legión veremos que el machismo puede esconderse bajo una máscara de caballerosidad o puede camuflarse bajo el maquillaje de los piropos  pero al fin y al cabo si están bien graduadas nuestras gafas feministas veremos que el disfraz sexista no es más que la caricatura de una estructura machista.

Y aunque esto no vaya de rimas lo que queremos decir es que en esta fiesta no te deprimas. Hay disfraces que aunque lo pretendan no harán gracia pero con humor hay un límite que se llama tolerancia.

Quizás el machismo, experto en el arte del camuflaje y del disimulo es el rey del carnaval, por eso te decimos amiga, que este Carnaval hay que llevar la lupa feminista, aunque no te transformes en inspector Gadget sabrás ver el disfraz oportunista.

Así como anunció ONU Mujeres Brasil en la campaña del año anterior contra la violencia de género en los carnavales: “Pierde la vergüenza pero no pierdas el respeto”. Y ahí es donde queremos llegar, el respeto perdido, el respeto escondido. En esta fiesta de descontrol y frenesí podremos sacar a la luz la realidad oculta  y ver de qué se disfraza el machismo. El feminismo nos da herramientas para ver, observar, discrepar y denunciar.  

En Carnaval, no todo vale por este motivo deseamos unas fiestas SIN Sexismo, SIN Acoso, SIN Violencia. Queremos una fiesta que se disfrute desde el respeto y la igualdad.

 

Hay que tener sentido del HUMOR pero también sentido del RESPETO

 

Así que, que no te den la murga y si te la dan que sea una de Cádiz.