Un hombre solo, una mujer sola

Post escrito por Miguel Lorente y publicado originalmente en el blog del autor Autopsia.

Según la sentencia de la Audiencia Provincial de Barcelona, se absuelve al hombre que se masturbó mientras otros cinco hombres agredían sexualmente a la víctima, porque “no podría haber hecho nada efectivo para evitar los delitos, cometidos por una pluralidad de hombres y en un descampado alejado de zonas habitadas donde poder encontrar auxilio, fuera para detener los ataques a la víctima o en caso de enfrentarse solo a los ataques, evitar la posible reacción agresiva contra él”.

Es decir, la actitud pasiva de un hombre solo ante la escena de la violencia ejercida por cinco hombres, justifica su inacción ante la posibilidad de que la conducta violenta de los cinco se volviera contra él, mientras que la actitud “pasiva” de una mujer bajo los efectos del alcohol y el hachís que está siendo agredida físicamente y sufriendo violencia sexual por esos cinco hombres, con la suficiente consciencia como para, según se deduce de la sentencia y de los hechos, obligarla a practicar dos felaciones tras las múltiples relaciones sexuales contra su voluntad, y poder expresar quejas durante los hechos (como dicen los propios agresores por Whatsapp), no justifica su “teórica pasividad”, hasta el punto de que los hechos han sido considerados como abuso sexual, en lugar de “violación” (agresión sexual).

O sea, según se concluye la sentencia, un hombre solo que contempla unos hechos violentos protagonizados por cinco hombres puede ser intimidado por la posibilidad de que esa violencia se vuelva contra él, mientras que la mujer que está sufriendo esa violencia por los mismos cinco hombres no es intimidada, ni por dicha conducta violenta ni por la posibilidad de que se agrave ante sus resistencia, como por desgracia ha ocurrido con otras mujeres como Laura Luelmo, Diana Quer o Leticia Resino en un pueblo de Zamora.

Dos son los elementos que deben tenerse en cuenta a la hora de valorar unos hechos de este tipo:

  1. El primero de ellos es la necesidad de ajustar el Código Penal a lo que dice el propio Código Penal. Si se trata de “delitos contra la libertad sexual”, la circunstancia que define el hecho es el consentimiento para mantener la relación sexual, no la forma de quebrar el consentimiento o de evitarlo. El modo en que se haga podrá matizar y agravar más o menos la pena, pero no definir la existencia de un delito que viene conceptualizado por la necesidad de contar con dicho consentimiento como reflejo de la libertad de la persona para mantener o no relaciones sexuales.
  2. El segundo se trata de acercar la realidad teórica del enunciado de la ley a las circunstancias concretas de unos hechos. La manera de expresar el rechazo a las relaciones sexuales y la negativa del consentimiento a mantenerlas no es una cuestión teórica y rígida, sino que ha de ajustarse al contexto en el que se producen los hechos, desde una doble perspectiva: la situación de la víctima y las características de del entorno. Y si una víctima está intoxicada, al margen de que ya es una situación que no cuenta con su consentimiento, tal y como hemos recogido en el punto anterior, hay que tener en cuenta las formas en que ese rechazo se puede expresar. En el caso analizado, las “quejas” que los propios agresores recogen en su Whatsapp ya son indicios suficientes para demostrar que no había consentimiento. Pero si, además, se tiene en cuenta el otro elemento, las características de un contexto solitario y aislado capaz de intimidar a un hombre que contempla la violencia que ella sufre, la manera de expresar el rechazo debe ajustarse a ese contexto, y la no expresión no puede significar nunca la existencia de un consentimiento o la ausencia de violencia. Pero si persisten las dudas sobre el significado de lo ocurrido, hay que tener en cuenta el resultado de lo ocurrido y su impacto psicológico sobre la víctima. Y cuando unos hechos y el escenario que originan no son traumáticos, no tienen por qué generar un “trastorno ansioso-depresivo” que tres años después de la agresión aún requiere terapia.

Los agresores sabían que iban a violar a la menor, por eso esperaron el momento en que estuviera lo suficientemente intoxicada para manipularla y trasladarla sin excesivos problemas hasta la nave del descampado, una vez allí se organizaron para agredirla sexualmente por turnos, y luego, a pesar de las quejas mostradas durante las relaciones por vía vaginal, obligarla a que le practicara una felación a dos de los agresores. Y mientras que la conducta de los agresores es perfectamente coherente con el objetivo criminal buscado, a la víctima se le exige que exprese su consentimiento o su rechazo de una forma que las propias condiciones en que se encuentra le imposibilitan expresar, y no se tienen en cuanta las “quejas” y el silencio derivado de una situación capaz de intimidar a un hombre que participaba en la escena, aunque según la sentencia no en los hechos. En cambio, sí se tiene en cuenta que “sólo recuerda flashes” de la agresión, como si la memoria tuviera que ir siempre ligada a la realidad de lo ocurrido, máxime cuando las propias circunstancias de los hechos dificultan e impiden la fijación de los recuerdos.

La OMS define la violencia como, “el uso deliberado de la fuerza física o el poder, ya sea en grado de amenaza o efectivo, contra uno mismo, otra persona o un grupo o comunidad, que cause o tenga muchas probabilidades de causar lesiones, muerte, daños psicológicos, trastornos del desarrollo o privaciones”. Es decir, la violencia viene definida por el uso de la fuerza física o el poder, no sólo de la fuerza física

¿Alguien cree que los cinco agresores no eran conscientes de la situación de poder que les daba abordar en la fiesta a una menor intoxicada, trasladarla a un lugar solitario y alejado, y allí forzarla a mantener relaciones sexuales con los cinco, y a practicarle una felación a dos de ellos?

Hay que cambiar el Código Penal, pero sobre todo hay que cambiar la mentalidad y las referencias de una cultura machista que interpreta la realidad de manera coherente con lo que hace que sea de ese modo, para luego negarla.

“No había denuncias previas”

Post escrito por Miguel Lorente y publicado originalmente en el blog del autor Autopsia

No termino de entender por qué se recurre al dato sobre si había o no denuncias previas en el momento de informar sobre el homicidio de una mujer por violencia de género. Se imaginan que al dar la noticia de alguien que ha fallecido por infarto de miocardio dijeran que nunca había acudido a urgencias o al hospital, o que al informar sobre alguien que acaba de morir en un accidente de tráfico comentaran que no había llevado el coche a la ITV… no se entendería que esa primera información viniera acompañada de detalles que generan dudas sobre el sentido de lo ocurrido. En cambio, en violencia de género el dato sobre las denuncias previas ante los asesinatos es habitual, tal y como hemos comprobado, una vez más, en las informaciones sobre los últimos casos de Vic y Granada.

Sin duda es un elemento importante a la hora de analizar las circunstancias del crimen, pero comentarlo justo en el instante en que se da la noticia del asesinato genera confusión sobre dos tipos de ideas:

  • La primera es poner una cierta responsabilidad en la víctima por no haber denunciado la violencia que ha terminado por matarla.
  • La segunda se mueve en sentido contrario, y transmite la imagen que niega que haya una violencia previa en la pareja, como si todo hubiera sido consecuencia de una situación puntual e inesperada. Es lo que se refleja en frases como, “tras una fuerte discusión”, “en el seno de un conflicto familiar”… que tanto se utilizan para contextualizar los homicidios de las mujeres.

En cualquier caso, recibir esa información sobre la ausencia de denuncias previas junto a la noticia del asesinato de una mujer, genera distorsión sobre lo ocurrido y confusión sobre la realidad de este tipo de violencia, al situar el significado de lo sucedido alrededor de lo que la víctima ha hecho o ha dejado de hacer, en lugar de hacerlo sobre lo que el hombre que la ha asesinado acaba de llevar a cabo.

Con independencia de desviar la conciencia crítica sobre la esencia de una violencia construida desde dentro de las referencias culturales, materializada por los hombres bajo la normalidad, y llevada hasta el homicidio desde una posición moral que no acepta que la mujer se revele a sus imposiciones y dominio, lo que también se produce con ese tipo de planteamientos es el refuerzo de los mitos que existen para explicar porqué las mujeres son asesinadas por sus parejas. Y entre esos mitos la idea de que el hombre “pierde el control” por estar bajo los efectos del alcohol, las drogas o algún trastorno mental, es uno de los argumentos más potentes y directos, que se ve confirmado con comentarios informativos de ese tipo.

Si la violencia contra las mujeres no hubiera contado en su resultado con las mismas justificaciones que la cultura machista sitúa en su origen, habría sido imposible que una historia y una convivencia caracterizada por su realidad objetiva, hubiera podido superar los plazos del tiempo sin rechazarla. En algún momento, antes o después, el conocimiento sobre su significado y circunstancias habría levantado la crítica y conducido a su erradicación, al igual que ocurre ahora cuando la sociedad ha adquirido conciencia crítica gracias al feminismo.

No es casualidad que desde la posiciones más conservadoras y los partidos de ultraderecha con la connivencia de la derecha, se intente ocultar ese significado de la violencia de género, porque al hacerlo se defiende el modelo de sociedad levantado sobre la desigualdad, y con los hombres y lo masculino como jueces y parte.

Cuando una mujer es asesinada por violencia de género, la información debe centrarse en lo terrible que supone que ese asesinato se haya cometido en un contexto social que a pesar de los 60 homicidios de media que se comenten cada año, niega el significado de la violencia de género, minimiza su dimensión, cuestiona a la víctima y duda de su palabra, contextualiza las agresiones y homicidios sobre determinadas circunstancias, y llega a justificar a los agresores al quitarle responsabilidad bajo la idea de que han actuado bajo los efectos del alcohol, las drogas o algún trastorno psicológico.

Por eso resulta clave hablar del hombre que asesina y de la sociedad que trata de apartar la mirada de la realidad de la violencia que sufren las mujeres, sin dudar para ello en utilizar la política, algunas informaciones y las redes sociales contra las medidas y políticas destinadas a erradicarla.

Para esa parte de la sociedad lo importante es continuar con las referencias que presentan al machismo como normalidad, y a la desigualdad con lo masculino en la cúspide como orden natural. Por eso, como ya no pueden ocultar ni negar la violencia que sufren las mujeres, intentan mezclarla con otras violencias al llamarla “violencia intrafamiliar”.

Ya se sabe que “quien hace la ley hace la trampa”. El machismo hizo la “ley del más fuerte” y luego “la trampa de la violencia de género” para mantener su modelo y privilegios. No podemos caer en sus engaños.

Un escote excesivo

Post escrito por Miguel Lorente y publicado originalmente en el blog del autor Autopsia

Un profesor considera que el escote de una alumna es excesivo (Comentario sexista de un profesor de la USC), un novio piensa que la minifalda de su chica es excesiva, un marido afirma que el tiempo que su mujer pasa fuera de casa es excesivo… pero no sólo se trata de lo que piensan, sino de lo que imponen a esas mujeres bajo la amenaza de que de no hacer lo que ellos dicen habrá consecuencias.

Esa es una de las claves del machismo: la indefinición sometida a interpretación, y la interpretación depositada en cada uno de los hombres que se enfrentan a las distintas situaciones. De ese modo se garantiza que el resultado siempre sea correcto para los intérpretes, y para la sociedad que ha depositado en ellos esa capacidad de interpretar y dar sentido a la realidad.

El escote no es alto o bajo, como la falda no es corta o larga, ni el tiempo fuera de casa es mucho o poco, simplemente son “excesivos”. Y lo son para quienes lo afirman, por lo cual no hay contra-argumentación posible; ni la alumna puede decir que su escote está dentro del rango aceptado por la moda, ni la novia puede tirar de cinta métrica para callar al novio, como tampoco la mujer puede recurrir a los usos horarios para justificar su tiempo. Cada uno de los hombres tiene razón porque la referencia son ellos y la cultura que ampara este tipo de conclusiones.

Si todos esos hombres no se sintieran respaldados por la “normalidad” de una cultura que lleva a cuestionar las conductas de las mujeres que ellos escenifican, no darían ese paso para manifestarlo públicamente y para exigir una modificación en su nombre. Porque esa es la otra parte de la trampa de la cultura machista, hacer de la conducta individual de esos hombres algo común, no dejarlo en una cuestión personal, para que ante el conflicto se recurra a la referencia social como juez. Con esa táctica la estrategia no puede fallar, porque la sociedad siempre dará la razón a quien actúa a la sombra de lo que la cultura establece.

Puede pensarse que todo esto es una ruta demasiado revirada y confusa, pero es el camino directo que utiliza el machismo a diario para imponer sus ideas, valores, principios, creencias… como normalidad y, por tanto, aplicables a hombres y a mujeres según el reparto de papeles asignado.

Si no fuera de ese modo no se podrían producir 700.000 casos de violencia de género cada año sin que el 80% de ellos sea denunciado, entre otras cosas, como afirma el 44% de estas mujeres, porque la violencia sufrida “no es lo suficientemente grave”, o sea, “no es excesiva” (Macroencuesta, 2015). Y tampoco las mujeres serían las víctimas de la brecha salarial, ni liderarían las tasas de desempleo, ni menos aún estarían sobrerrepresentadas en los grupos de pobreza y analfabetismo. Ninguna de estas injusticias se considera “excesiva”, más bien lo contrario, y lo que algunos entienden como un exceso inaceptable, es el cambio que se está produciendo para alcanzar una Igualdad que borre los defectos de las democracias levantadas sobre la desigualdad.

Ni una sola de estas situaciones son un accidente o un error, no lo son los excesos del machismo ni tampoco la idea de “Igualdad como exceso”. Todo forma parte de este tiempo de transición que hace pensar a algunos que la noria de la historia les devolverá la desigualdad inicial, del mismo modo que los tiranos aún esperan la dictadura y los racistas el apartheid y la segregación racial.

Lo vemos en las respuesta ante cada uno de los episodios, desde el sempiterno argumento de la provocación de las mujeres, sea con un escote, una falda o una decisión, hasta la reducción al absurdo para aplicar la teoría de la “pendiente resbaladiza”, y hablar de que de seguir así llegará un momento en que las mujeres irán desnudas a clase, a trabajar o a pasear. Un planteamiento que no es nada inocente, pues una vez que se concluye que la polémica ocurrida tras la corrección del profesor, del novio, del marido, o de quien corresponda en cada situación, es absurda, el siguiente paso de la estrategia es presentar a esos hombres como víctimas. Víctimas de un escote, de una falda, de una decisión o de una indecisión… da igual, al final todo es un complot de las mujeres contra los hombres.

Y puede parecer extraño, pero tiene sentido. Presentarse como víctimas consigue un doble efecto, por un lado desvía la atención del problema original, y por otro, presenta lo ocurrido como un ataque que justifica la respuesta agresiva o violenta sin que se vea excesiva, más bien lo contrario, bajo estas circunstancias se entenderá normal y proporcionada.

Todo encaja en el mecano de la cultura machista, unas veces en los huecos reservados para cada pieza, otras a la fuerza o a golpes, pero al final no hay piezas sueltas.

Mientras que la cultura sitúe a los hombres y lo masculino como jueces y parte, todo lo excesivo, lo insuficiente, lo largo, lo corto, lo grande, lo pequeño, lo rápido, lo lento, lo correcto, lo incorrecto, lo bueno, lo malo, lo aceptable, lo inaceptable… dependerá de lo que algunos decidan a partir de las referencias de esa cultura patriarcal. Es lo que hemos visto, en otro orden de cosas, en la respuesta ante un espectáculo de títeres en una plaza de Madrid, y con la protesta de Rita Maestre en la capilla de la Complutense.

Cuando la indefinición se somete a la interpretación siempre gana el poderoso. Y en una cultura machista quien tiene el poder son los hombres, un poder que expresan a través de sus ideas, valores, creencias… sin que nadie nunca lo haya considerado excesivo.

Machistas sentados en el muelle de la bahía

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Post escrito por Miguel Lorente y publicado originalmente en el blog del autor Autopsia

Ha terminado el verano, pero el machismo continúa y ya mira cómo caen las primeras hojas de los arboles sobre las aceras. Tras la desenfrenada actividad estival de los “machistas de playa” (“Los Chupaycalla”, “Los Feminarcis”, “Los Machiringuitos”, “Los Machonautas”, “Los hombres equi-equi”), ahora se toman una especie de tiempo de reflexión mientras hacen las maletas y regresan al asfalto de sus ideas. Y para ello, tratándose de días todavía cercanos al verano, no hay nada como sentarse frente al atardecer y tararear la canción de Otis Redding, “Sitting on the dock of the bay”, dejándose llevar por el vuelo de los pensamientos mientras se imagina una especie de caña entre las manos para pescar cualquier argumento que se acerque a su anzuelo.

Y en esa doble actividad sobre el muelle de la bahía, la reflexión y la pesca, los machistas obtienen diferentes resultados.

La reflexión no da para mucho a tenor de lo que se observa en sus manifestaciones y comentarios, lo cual es propio de quien tiene las ideas atadas a su mundo con las cadenas de los prejuicios, los mitos y los estereotipos. Una situación que los convierte en una especie de “rumiantes funcionales”, que vomitan sus ideas y luego las tragan de nuevo para volver a masticarlas un tiempo después, y así repetir el argumento como si fuera diferente, cuando en verdad es el mismo, sólo que triturado para que sea más fácil de digerir por quien lo escuche.

Este proceso es el que hace que en los últimos 13 años, justo desde la aprobación de la Ley Integral contra la Violencia de Género, nunca antes dijeron nada al no ver sus privilegios cuestionados, lo único que hayan repetido para defender su posición es lo de las “denuncias falsas”, que las “mujeres también maltratan”, y que “los hombres no tienen presunción de inocencia”. Sobre esos tres ejes a veces introducen alguna variación, pero sólo para reforzar alguno de ellos y hacer más digerible su argumento, no para ampliar su planteamiento. Por eso, en el fondo, los machistas son una especie de ecologistas de sus ideas, pues reducen el uso de otras, reutilizan las mimas una y otra vez, y reciclan otras para sacar alguna vriación nueva, como por ejemplo ocurre con el “suicidio de los hombres por divorcios abusivos” a partir de la idea de maldad de las mujeres, o el supuesto SAP para apoyar las denuncias falsas bajo la razón de que van dirigidas a “quedarse con la casa, los niños y la paga”. Si no fuera porque se trata de ideas tóxicas y contaminantes, serían un gran ejemplo de “ecología cognitiva”.

Y en cuanto a la otra actividad, la pesca, aunque siempre echan la caña con sus razones para ver si pica alguien, algo que hacen todos los días utilizando como cebo trozos de realidad manipulada o los fragmentos de la masculinidad que ocasionan los “ataques feminazis”, la pesca que más practican es la “pesca de arrastre con redes sociales”. Un tipo de pesca propio de quien no respeta nada ni a nadie, y que lo único que busca es beneficiarse a cualquier precio.

Ellos acuden a las redes con el objeto de atacar y destruir, de arrasar el entorno para que como decíamos de “Los Chupaycalla”, no crezca la hierba ni voluntad alguna por donde ellos pasan. Por eso se muestran tan violentos y agresivos y nunca falta el ataque personal en sus “redes de arrastre”.

Al final, con estos machistas que acuden a sentarse al muelle de la bahía sucede como con los malos pescadores y cazadores, que todo lo basan en la mentira y en la manipulación. Siempre dicen que lo suyo es más grande de lo que realmente es, cuando lo que interesa es un tamaño importante, o mucho más pequeño cuando lo que cotiza es lo mínimo. Por eso son capaces de convertir el pez de las denuncias falsas, que es del 0’01% en una especie de cachalote del 80%, o afirmar que 60 homicidios de mujeres cada año son una serie de casos aislados.

En su día creyeron que todo el pescado del machismo estaba vendido y que nadie cambiaría su dieta, pero no contaron con que la injusticia, el abuso, la mentira y la violencia, o sea el machismo, estaba contaminado por la desigualdad, y esa situación es insostenible en las democracias modernas.

Por eso, a pesar de su violencia, cuando uno los ve sentados en el muelle de la bahía mientras tararean la canción de Otis Redding, se aprecia una especie de melancolía en el ambiente. No sé si será el verano que se aleja en ese atardecer o la memoria de un mundo que les dice que el tiempo pasado fue mejor, y que ellos pertenecen a él.

El hombre de la Historia

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Post escrito por Miguel Lorente y publicado originalmente en el blog del autor Autopsia

Malditos quienes ocultan el silencio

impuesto del honor,

quienes levantan el polvo de la voz

para permanecer entre la nada.

Malditos quienes juntan sus violencias

para separar a quienes las sufren,

quienes callan y miran distantes

el atardecer de tantas vidas

como si no fueran nuestras.

Malditos quienes hablan de batallas

en el tiempo y de una historia ajena

que cava fosas en el olvido

mientras abren la salida por el túnel

del regreso…

 

Malditos sean…

 

La historia cambia cada día,

sólo quienes permanecen

la vuelven a repetir a conciencia.

Tú, hombre de la Historia, búscate

otro destino, en este ya has dejado

demasiadas cicatrices.

Toy (Love) Story 4

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Post escrito por Miguel Lorente y publicado originalmente en el blog del autor Autopsia

La humanidad está hecha de amor, es cierto que la violencia, las tiranías, las guerras, el poder… la han puesto a prueba desde el principio, pero si hemos llegado hasta aquí y aún mantenemos la esperanza de que otro mundo es posible y mejor, se debe al amor que hemos sido capaces de guardar entre las trabéculas de nuestro corazón y bajo las circunvoluciones del cerebro.

Y el amor no es sólo la emoción que se siente por alguien o algo como parte de una relación personal, el amor también es compromiso, implicación, determinación, entrega, renuncia… por ese proyecto común que surge de una sentimentalidad que va más allá de los objetivos concretos. Y no hay amor en soledad, aunque sí puedan existir las emociones que dibujan su silueta, el amor es compartido en cuanto a proyecto, con independencia de que a título personal sea correspondido o no, y aunque se viva de manera aislada, parte de su sentido viene dado por el contexto del que se aísla. Por eso el proyecto se amplía en la interacción y en la convivencia, y el amor crece y se va haciendo social en el proyecto común que se levanta sobre ese amor responsable de la sociedad y sus ideales, para dar espacio para que crezcan las relaciones personales.

La película “Toy Story 4”, con esa sencillez que significa llevarnos a la infancia para ver la vida y su realidad desde la doble perspectiva que da el retroceso del regreso y el avance de la vuelta al presente, muestra algunas de las claves de una realidad abandonada y necesitada de amor que ha cambiado lo social por lo individual, lo común por el egoísmo, el futuro por lo inmediato, el compromiso por el hedonismo, y los valores por lo material.

De nuevo Woody, Buzz Lightyear y todos sus amigos y amigas nos dan una lección de vida y nos dejan la responsabilidad de hacerla verdad a los adultos, pues para la gente más joven la película será un cuento tan pasajero como el tiempo que tarde en llegar el próximo estreno de cualquier película infantil. En otras películas de la serie han insistido sobre la amistad, pero en esta cuarta entrega han querido dar un paso más y hablar directamente de amor, y de algunas circunstancias que existen en la sociedad para impedirlo u ocultarlo.

La vida está llena de renuncias irremediables, pero no de olvidos. Confundir unas con otros sólo es parte de esa imposición de quienes necesitan el individualismo como razón para el abandono del proyecto común, y así poder anteponer lo personal al grupo. La película muestra cómo los estereotipos y una sociedad utilitarista causan daño sobre quienes sufren el peso de la discriminación, y cómo ese impacto está levantado sobre la normalidad de quienes han decidido que esas sean las circunstancias de juego, no como algo excepcional ni ocasional. Son dos los mecanismos que revela para lograr ese objetivo: la construcción de las identidades, y el uso del mito y las expectativas.

Veámoslos de manera gráfica.

  1. La construcción de las identidades. El personaje protagonista introducido en esta película, Forky, es un tenedor de plástico hecho muñeco y visto y aceptado como tal por sus iguales, el resto de muñecos. A pesar de ello sigue viéndose a si mismo como un tenedor desechable. Su identidad es ser “basura” y su comportamiento se mantiene consecuente con esa idea, hasta que Woody y sus amigos logran hacerle entender que no es así. Hasta ese momento, lo único que hace es buscar su destino en cualquier lugar para los desperdicios.
  2. El uso del mito y las expectativas. El otro personaje de la película que refleja las vías que tiene una sociedad desigual y capitalista para mantener el control es Duke Caboom, un motorista canadiense abandonado el primer día por su niño al comprobar que el juguete no hacía lo que se veía en el anuncio de televisión, y que sus saltos y piruetas en la moto no eran tan espectaculares en la realidad como en la tele. Las expectativas generadas a conciencia, al no verse cumplidas generan el rechazo en quien las espera, y la frustración y la idea de incapacidad en quienes viven la situación, llevando a la pasividad y a la frustración.

Estas son dos de las claves de nuestro tiempo utilizadas a diario para mantener la desigualdad y el orden social sobre el sometimiento de determinadas personas a las que no se les reconoce la Igualdad en su condición y oportunidades (mujeres, personas LGTBI, extranjeros, grupos étnicos…), y a quienes se les pide la demostración de “su igualdad” en un “exceso de capacidad y responsabilidad” que con frecuencia no se ve cumplido, a pesar del gran esfuerzo para lograrlo. Esta situación las hace sentir culpables e incapaces, y por tanto manipulables y sumisas, como le ocurre a Duke Caboom o a Forky hasta que se convencen de sus propias posibilidades y valía gracias a Woody y al grupo.

Porque Woody, en esta película con su inseparable Buzz Lightyear algo más distante, es quien aglutina esa conciencia crítica frente a los acontecimientos, y quien lleva su amor y compromiso a la acción para sacar adelante al grupo.

El cambio que vive el propio Woody en la película, donde al principio renuncia a su “amor personal” por Bo para al final quedarse a su lado, es sin duda la demostración clave de esa dimensión social del amor individual. La sociedad no necesita líderes distantes y ajenos, sino personas con responsabilidad que sean capaces de hacerla protagonista a través de su participación.

Y para ello, tan importante es saber renunciar como saber comprometerse y entender que sin uno mismo no se puede amar ni comprometerse con nadie. La negación del amor, de los sentimientos, de la intimidad para dejarlo todo en la otra persona o en el grupo, al final se traduce en algo artificial y perjudicial para el propio grupo y la persona, pues tan poco basta con el amor hacia uno mismo o con el amor individual.

Toy Story nos lo recuerda en su historia de amor. Una historia que hace que Woody renuncie a su amor por Bo por su compromiso por el grupo, y que luego sea el grupo el que le ayude a entender que toda la aventura es parte de su amor por Bo. Ese final de la película a su lado es un buen principio para la historia que le sucede, y de la cual nos toca ser protagonistas.

Como dice Luis García Montero en sus “Palabras rotas”, no debemos dejar que palabras como verdad, bondad, política… queden en desuso por el interés de un poder que rehúye de ellas. Tenemos que recuperarlas y gritarlas al viento, como también hemos de hacerlo con la palabra amor, porque somos una historia de amor, que no nos engañe el relato que cuentan “los que cuentan”.

La “cara B” del machismo

blog.pngPost escrito por Miguel Lorente y publicado originalmente en el blog del autor Autopsia

El machismo muestra una cara para luego imponer otra, si hubiera ido de frente, como tanto le gusta decir de los hombres, habría tropezado con su propia sombra y no habría avanzado ni uno solo de sus muchos siglos.

El machismo es la primera “postverdad” y la última mentira, a partir de su idea de cultura construida sobre la referencia androcéntrica, y de su desarrollo como una “normalidad” que toma lo masculino como universal, ya no ha hecho falta mentir ni ocultar nada, la simple asunción de ese modelo lleva a entender que la desigualdad y la jerarquización levantada sobre los hombres es la forma de organizarse más conveniente para el desarrollo de la sociedad, de manera que lo que ocurra bajo esas referencias no será nada extraño, sino parte de las diferentes alternativas que se pueden presentar.

La conciencia crítica que el feminismo ha creado sobre este modelo ha llevado a la reacción machista para mantener unos privilegios que dicen desconocer, pero que, curiosamente, ante cualquier política dirigida a establecer la Igualdad mediante la corrección de esas ventajas injustas que la cultura ha creado para los hombres, el machismo muestra su oposición y rechazo por considerarla innecesaria y un  “ataque a los hombres”. Es lo mismo que decían los esclavistas contra las leyes que abolían la esclavitud bajo el argumento de que su posición era “lo natural”.

Hoy ya no pueden criticar directamente las políticas  de Igualdad sin encontrar una respuesta contundente sobre la necesidad de las mismas, pero las razones utilizadas en las críticas que lanzan desde una aparente neutralidad ponen de manifiesto la “cara B” del machismo, mucho más oscura y profunda que la de la propia luna, aunque no tan lejana.

Los principales argumentos que utilizan sobre la violencia de genero giran alrededor de estas ideas:

  1. La violencia sufrida por las mujeres no es “de género”, es violencia intrafamiliar.
  2. Las medidas contra la violencia de género no van a favor de las mujeres, sino contra los hombres.
  3. La dimensión de la violencia contra las mujeres no es real, la mayoría de las denuncias son falsas.
  4. No hay un verdadero compromiso ni objetivo social en quienes trabajan contra esta violencia, sino un interés económico.
  5. El feminismo en verdad es “feminazismo” porque no busca la Igualdad, sino imponer un modelo de sociedad basado en la superioridad de las mujeres.

Y son precisamente esos argumentos los que revelan su forma de pensar, con qué o quienes se identifican, y los verdaderos objetivos que hay en su resistencia a trabajar por la Igualdad y para la erradicación de la violencia de género. Veámoslos.

  1. Reivindicar la “violencia intrafamiliar” como referencia indica que su modelo de familia contempla la violencia como parte de las instrumentos para conseguir los objetivos vinculados a su idea de educar. Querer llevar la violencia contra las mujeres a la familia no es buscar acabar con ella, sino devolverla al lugar donde ha estado históricamente  bajo el nombre de “violencia doméstica o familiar”, sin que este hecho la haya visibilizado ni generado una conciencia crítica capaz de desarrollar medidas específicas para prevenirla. Además, tal y como refleja el informe del INE, también son las mujeres las principales víctimas de esta violencia doméstica, concretamente un 62’2%; además de ser el 100% de las víctimas de la violencia de género.
  2. Presentar a los hombres como víctimas de una ley es admitir que todos los hombres son delincuentes, y eso lo dice el machismo, no la Ley Integral contra la Violencia de Género, que sólo actúa contra los hombres que maltratan. El machismo con este argumento muestra dos hechos: uno, la gran desconfianza en los hombres, a los que ve como “maltratadores”, y el otro, la idea de que el uso de la violencia contra las mujeres es algo que forma parte de los hombres como elemento de la identidad otorgada por la cultura androcéntrica.
  3. Hablar de “denuncias falsas” en violencia de género cuando los datos muestran que sólo se denuncia un 20-25%, y que la mayoría de las mujeres asesinadas lo son sin haber interpuesto nunca una denuncia, es presentar a las mujeres bajo los mitos históricos de la maldad y la perversidad; una maldad y perversidad dirigida de manera especial contra los hombres, hasta el punto de que no les importa “denunciarlos falsamente”.
  4. Intentar hacer creer que el interés en lograr la Igualdad y acabar con la violencia dirigida a las mujeres es un supuesto beneficio económico, cuando sólo es el desempeño de actividades profesionales desde diferentes ámbitos, bien sea desde la administraciones, las instituciones u organizaciones sometidas a todos los controles y justificaciones legales, revela de manera directa la preocupación que tiene el machismo por perder su espacio de poder, los privilegios que aporta a los hombres, y los beneficios económicos que suponen. La situación es tan gráfica que, por ejemplo, la UE gasta cada año más de 100 mil millones de Euros en violencia de genero, y nadie plantea la necesidad de ahorrar ese gasto a través de la prevención.
  5. Presentar al feminismo como “feminazismo”revela la proximidad ideológica del machismo con el nazismo y con aquellas ideologías que parten de la condición superior de determinadas personas sobre otras, y la consecuente construcción de sus identidades y su posterior desarrollo social a través del género sobre la base de dichos planteamientos. El machismo ha establecido esa superioridad en la condición de hombre, y entiende la crítica como un intento de cambiar de referencia, no de abolir dicha injusticia. Es lo que gráficamente dice la sabiduría popular con lo de “piensa el ladrón que todos son de su condición”.

Lo que el machismo intenta ocultar desde su posición de poder y la aparente neutralidad y credibilidad que conlleva, queda de manifiesto en las críticas que hacen frente a quienes buscamos la implantación del Derecho Humano de la Igualdad más allá de la inevitable formalidad. Por lo tanto, el machismo busca que en la familia, la llamada “célula de la sociedad”,  haya un espacio para la violencia, y de manera especial contra las mujeres, para que de ese modo las identidades y el orden social que empieza por casa se mantenga sobre sus dictados y dentro de su normalidad. Así lo ha hecho históricamente. Ve a todos los hombres como maltratadores por condición o por conducta, a las mujeres, por el contrario, las presenta como malas y perversas y, en consecuencia, como susceptibles de ser controladas, corregidas y castigadas a través de la violencia. Todo ello como consecuencia de unas ideas, valores, creencias… que consideran al hombre superior a las mujeres, y a la condición masculina como la referencia universal para toda la sociedad, planteamiento similar al defendido por el nazismo y el fascismo sobre otras referencias, también androcéntricas. Por eso cuestionan las medidas y a las personas que buscan transformar esta realidad y utilizan el argumento económico de los “chiringuitos”, pues no sólo defienden ideas y valores en abstracto, sino que también lo hacen del modelo de sociedad que da privilegios y beneficios económicos a los hombres.

El machismo es como un disco rayado en la forma y descarado en su posicionamiento. Tiene una “cara A” de aparente neutralidad y materializada desde la normalidad impuesta, y una “cara B” donde esconde todo su significado para pasarlo poco a poco al frente del escenario social y político. Conocer esas referencias ocultas es esencial para poder desenmascararlo, y para contrarrestar el espacio de influencia que manejan a nivel social, y ahora también en el espacio político con la llegada de la ultraderecha y la connivencia de la derecha.